No suelo hablar de temas con trasfondo político porque despierta antipatías y conversaciones de besugos. Pero a la vez también es algo que entra dentro del dominio de mi campo como psicólogo. No somos individuos aislados de lo que está pasando. La psicología social es una rama de la psicología fascinante y hoy voy a abrir bastantes melonazos, siempre intentando ser abierto de mente y dar cabida a diferentes perspectivas, a pesar de que muchos problemas sociales sean consecuencia de estar cerrado a comprender otras perspectivas.
La cuestión es que hay palabras que llegan cargaditas de prejuicios y emociones, incluso antes de que podamos reflexionarlas: inmigración, invasión, seguridad, racismo, integración. Cada una empuja o evoca una escena distinta dentro de nuestra cabeza. A veces aparece en nuestra imaginación una frontera, una patera, una agresión, una familia esperando ayuda. Otras veces aparece un vecino con miedo, una tienda cerrada, un barrio que siente que nadie lo escucha. El problema es que ante esta complejidad, enseguida empezamos a elegir bando, y cuando elegimos bando demasiado deprisa dejamos de mirar a otras personas en tanto personas con sus historias y diferencias.
La crisis migratoria de Ceuta de 2026 obliga a mirar con más cuidado. Según la página que recoge el episodio, decenas de miles de personas entraron irregularmente desde Marruecos entre el 30 y el 31 de julio. La cifra oficial quedó fijada en unas 72.000 entradas, aunque durante las primeras semanas circularon balances diferentes. Hubo decenas de fallecidos, después se publicaron balances que superaban el centenar, y la cantidad de personas que permanecían en Ceuta tampoco coincidía según la fuente consultada. Los recursos de acogida se saturaron, se movilizaron fuerzas de seguridad y el ejército, se alteró la actividad comercial y escolar, y la ciudad quedó en el centro de una disputa política y diplomática cuya atribución sigue siendo discutida. Reuters informó el 10 de septiembre de que Marruecos negaba haber facilitado la entrada masiva.
Todo eso ocurrió. La presión fue real. El cansancio de quienes viven allí también. El miedo de una parte de la población no aparece de la nada porque alguien lo haya inventado en un despacho. Pero el miedo explica posibles reacciones ante todas estas realidades, peeeeeero no convierte automáticamente en justa cualquier conclusión.
Y ahí entra el puto racismo.
Cuándo una preocupación se convierte en racismo
Para mí, el racismo empieza cuando el origen, el color de piel, la apariencia, la etnia o una marca cultural se convierten en una explicación moral completa. Una persona deja de ser alguien que ha hecho algo, que ha dejado de hacer algo o que se encuentra en una situación determinada, y pasa a cargar con una esencia atribuida a todo su grupo. En cambio, una crítica a las fronteras, a la política de asilo, a la capacidad de acogida o a la gestión de los recursos no tiene por qué ser racista. Se pueden defender controles fronterizos, exigir identificación, reclamar seguridad y pedir que quien cometa un delito responda ante la justicia sin convertir a una nacionalidad entera en sospechosa. ¿Se puede entender la diferencia? También se puede defender una política migratoria restrictiva por razones de capacidad, organización o legalidad sin odiar a las personas migrantes. ¿Se entiende, no?
Lo que cambia el registro o las connotaciones en la forma de hablar es otra cosa: hablar de «los marroquíes», «los musulmanes», «los inmigrantes» o «los africanos» como si fueran un sujeto único, con una voluntad común, un carácter común y una amenaza común. La crítica abandona entonces una conducta, una norma o una decisión política y empieza a señalar personas por lo que son (o por lo que suponemos que son). El rechazo puede adoptar la forma de xenofobia, de racismo o de islamofobia. No son palabras idénticas y conviene no meterlas en el mismo saco. A veces, sin embargo, se superponen: ocurre cuando una religión se trata como una naturaleza hereditaria, cuando a una persona se le atribuye una ideología por su apellido o cuando el color de piel funciona como una prueba de extranjería.
En Ceuta se produjo una escena especialmente reveladora. La página sobre la crisis recoge casos de personas que no eran migrantes, pero fueron confundidas con ellas y recibieron insultos o acoso: un joven negro de nacionalidad inglesa, una adolescente ceutí de trece años y ciudadanos musulmanes de la propia ciudad. También se documentó la agresión a un periodista nacido en Ceuta al que alguien gritó «vete a tu país» por confundir su apariencia y su religión con una procedencia extranjera. Ahí la categoría ya no describe una situación. Se ha convertido en un reflejo. Basta una piel, un pañuelo, un acento supuesto, un rostro que alguien coloca mentalmente en el grupo equivocado. La persona no tiene que haber hecho nada. La sospecha llega antes que ella. Confieso que a veces consumo vídeos en internet donde un policia racista de Estados Unidos para y detiene a un ciudadano negro y luego resulta que es un juez, un alto cargo militar o de policia, y luego alucina pepinillos. Balancea anecdóticamente toda una historia de abusos de poder y asesinatos.
Lo que el debate migratorio deja al descubierto
Me encantan los debates que The Wild Project organiza. En este caso he visto el debate sobre inmigración que acompaña a este artículo. Mola porque pone en voz alta dos preocupaciones que suelen aparecer separadas y que, en la vida real, se mezclan todo el tiempo.
Una de las posiciones insiste en la dimensión de la escala: la capacidad limitada de los servicios, la saturación, la delincuencia, la explotación laboral, la integración cultural, la necesidad de establecer normas y límites. La otra recuerda que la inmigración no es un bloque, que los datos necesitan contexto, que la irregularidad y la precariedad pueden aumentar la vulnerabilidad, y que muchas de las dificultades proceden de un modelo de gestión que coloca a personas y barrios en situaciones imposibles. Lo más interesante no ocurre cuando cada uno intenta demostrar que el otro es un monstruo. Ocurre cuando aparecen acuerdos: la inmigración no es homogénea, la explotación de trabajadores no debe aceptarse, quien delinque debe responder por hechos concretos, las víctimas autóctonas también tienen derechos y no conviene que paguen justos por pecadores.
También aparece una tensión necesariamente incómoda (¿podemos sostenerla simplemente asumiendo que es difícil o imposible evitarla?): que alguien no tenga intención de odiar no demuestra que su discurso no pueda alimentar una imagen estereotipada. La intención importa, pero el efecto social también. Al mismo tiempo, que una afirmación pueda ser utilizada por grupos racistas no demuestra que toda preocupación sobre seguridad, empleo o convivencia sea racista. Si llamamos racismo a cualquier desacuerdo político, la palabra pierde capacidad para señalar el racismo real. Si usamos una preocupación real para presentar como sospechoso a todo un colectivo, hemos hecho algo parecido desde el otro lado. Ya sabemos que los extremos se tocan como una herradura de caballo.
Un sistema nervioso adulto tendría que soportar intelectual y emocionalmente las dos cosas a la vez: hablar de problemas concretos sin convertir una nacionalidad en un delito y denunciar el señalamiento colectivo sin negar los problemas concretos.
Mi dificultad para odiar a un grupo entero
No cuento esto para fardar. Sería bastante ridículo… Lo cuento porque ayuda a entender desde dónde miro el asunto.
Entre otras cosas he sido militar. He pasado (y todavía) por grupos esotéricos, científicos y artísticos. He convivido con personas de derechas y de izquierdas, con ambientes donde la homosexualidad se vivía con normalidad y con otros donde se miraba con rechazo. He trabajado y convivido con personas extranjeras, con gente de procedencias, religiones, ideas políticas y maneras de vivir muy distintas.
Siempre digo que he estado en todas las sectas posibles y que por eso son inmune. Moverme por mundos tan diferentes me ha hecho más difícil mantener una imagen compacta de cualquier grupo. No porque haya conocido a «la gente» en abstracto, sino porque he conocido personas. Personas brillantes, generosas, pesadas, cobardes, divertidas, egoístas, muy lúcidas y, algunas veces, verdaderas hijas de puta. Como cualquiera de nosotros. Eso no me convierte en alguien libre de prejuicios (hay grupos y colectivos que me son desconocidos y activan en mí ciertos rechazos). La mente humana no funciona así y yo tampoco tengo un certificado de pureza cognitiva colgado en mi despacho. Pero cuando has compartido intimidad, trabajo, discusiones, bromas y problemas con personas de grupos muy diferentes, cuesta un poco más tragarse la idea de que millones de desconocidos poseen una misma esencia.
El cerebro fabrica grupos con una facilidad pasmosa
En los años setenta, Henri Tajfel y sus colaboradores mostraron que bastaba con dividir a unas personas en grupos arbitrarios para que apareciera favoritismo hacia el propio grupo y un trato menos favorable hacia el otro. No hacía falta una guerra histórica, una diferencia religiosa profunda ni una disputa económica real. Una etiqueta mínima podía modificar la forma de repartir recursos. El artículo original de Tajfel, Billig, Bundy y Flament se convirtió en una referencia para estudiar este fenómeno.
Esto no significa que el racismo sea inevitable (el ser humano tiene una gran capacidad para cambiar y adaptarse) ni que todas las personas sean racistas en el mismo sentido. Significa que tenemos una facilidad automática para ordenar el mundo en «nosotros» y «ellos». Después, la cultura, la historia, las instituciones, los medios de comunicación y nuestras experiencias pueden ampliar o reducir esa frontera.
Dentro de nuestro grupo solemos ver individuos. Si una persona cercana roba, buscamos su historia, sus circunstancias, sus motivos y sus contradicciones. Podemos condenar lo que ha hecho sin convertir a toda nuestra ciudad, nuestra profesión o nuestra familia en una banda de ladrones. Pero cuando el autor del daño pertenece a un grupo que ya percibimos como ajeno, la mente puede cambiar de método e incurrir en una de las formas del llamado error fundamental de atribución: el individuo se convierte en la representación de todos. Su conducta deja de ser un hecho cometido por alguien y pasa a funcionar como una prueba de lo que «son» los demás.
La excepción que protege el prejuicio
Lamentable y humanamente, el prejuicio tiene un sistema de protección muy sofisticado, una salida muy eficaz cuando aparece una persona que lo contradice. En lugar de revisar la categoría, la declara una excepción:
«Es marroquí, pero él es distinto.»
«Es gay, pero no es como los demás.»
«Es una mujer brillante, aunque ya sabemos cómo son las mujeres.»
«Es de izquierdas, pero tiene sentido común.»
La frase parece reconocer a la persona, pero en realidad suele salvar la regla… La categoría queda intacta y el individuo queda apartado como una anomalía simpática. Es un pequeño parche mental: permite conservar el prejuicio sin renunciar del todo a alguien que queremos, admiramos o necesitamos.
Cuando se acumulan suficientes relaciones reales, es decir, cuando se amontonan las excepciones, la operación empieza a volverse más costosa. Dentro de un mismo grupo que rechazabas y que creías que todos eran iguales, conoces al religioso y al ateo, al conservador y al activista, a quien quiere volver a su país y a quien no volvería nunca, a la persona homosexual con una vida convencional y a la que detesta las convenciones, al hombre sensible y al hombre violento, a la mujer que cuida y a la que manipula. La variabilidad humana (las diferencias entre personas) empieza a ocupar demasiado espacio para que la caricatura siga funcionando con comodidad… ¡Es hora de revisar y reestructuras creencias que pueden ser muy profundas!
No obstante, la categoría (la etiqueta que agrupa como hablar de ‘marroquíes’ o ‘españoles’) puede seguir teniendo sentido. Lo que pierde fuerza es la pretensión de que la categoría ya nos ha explicado a la persona en su totalidad o esencia.
Datos, contexto y responsabilidad
En el debate que organiza Jordi Wild aparecen porcentajes sobre condenas, nacionalidad y población extranjera. Ese tipo de datos merece ser conocido, comprobado y discutido. También merece algo que suele desaparecer cuando se vuelve viral: un denominador claro. Pero no significa lo mismo hablar de denuncias que de condenas, de personas detenidas que de personas condenadas, de nacionalidad que de origen familiar, de población total que de población joven y masculina, o de un país entero que de determinados barrios sometidos a precariedad y exclusión. Una cifra puede estar bien calculada y, aun así, sostener una conclusión demasiado grande para lo que realmente demuestra. Es el peligro de las estadísticas: que raramente se saben interpretar. Por ejemplo, la relación entre inmigración y delincuencia no puede leerse como una relación simple de causa y efecto. Hay que mirar la edad, el sexo, la pobreza, la irregularidad administrativa, la vivienda, la exclusión, la concentración territorial, las oportunidades laborales, las redes criminales, la respuesta policial, la confianza en las instituciones y la disposición a denunciar. Contextualizar una conducta no equivale a justificarla. Comprender por qué ocurre algo ayuda a intervenir mejor y no convierte a la víctima en responsable ni al agresor en inocente.
Así pues, tampoco necesitamos ocultar los datos incómodos para combatir el racismo. La verdad no se protege escondiendo información. Se deforma tanto cuando se elige únicamente el dato que confirma una historia, se borra el denominador común y/o se proyecta sobre millones de personas una conducta que corresponde a una parte.
La regla debería ser bastante sencilla, aunque aplicarla nos obligue a renunciar a consignas panfletarias: perseguir delitos por lo que se ha hecho, no por el grupo al que se pertenece; investigar organizaciones concretas, no sospechar de todos sus creyentes; corregir políticas que producen explotación y segregación; proteger a las víctimas, sean quienes sean.
El contacto ayuda, pero no hace magia
Vivir cerca de otras personas no significa conocerlas. Puedes compartir escalera, transporte y supermercado durante años sin cruzar nunca la frontera psicológica (y estructural) que separa la proximidad física del encuentro. A veces estás a un metro de alguien y a mil kilómetros de su vida.
La investigación sobre contacto intergrupal ofrece motivos para el optimismo. El contacto suele reducir el prejuicio, no lo elimina automáticamente. La revisión de Pettigrew y Tropp reunió 713 muestras independientes procedentes de 515 estudios y encontró una asociación general entre contacto intergrupal y menor prejuicio; el efecto aparecía en grupos raciales y étnicos, pero también en otros colectivos. Por si alguien le interesan, la referencia está disponible en PubMed. Al final del post volveré a poner la documentación usada para este escrito.
Lo que deshace una caricatura racista no es simplemente tener delante un cuerpo diferente. Ayudan el trato continuado, la cooperación, cierta igualdad de posición, la posibilidad de conversar, la vulnerabilidad, el conflicto reparado y la experiencia de descubrir que el otro no es una figura plana. También puede ocurrir lo contrario: un contacto humillante, competitivo o impuesto puede confirmar el prejuicio…
Por eso una persona musulmana que conocemos no debería convertirse en el salvoconducto para decir que ya entendemos a todo el islam. Una amiga lesbiana no vuelve irrelevante la homofobia. Un compañero marroquí no demuestra que la discriminación contra los marroquíes sea imaginaria ni que las desigualdades hayan desaparecido. Las relaciones concretas abren una grieta en la caricatura pero no sustituyen las políticas de igualdad ni la investigación social.
Racismo, sexismo, homofobia y tribalismo político
No todas las discriminaciones son iguales. No tienen la misma historia, las mismas instituciones detrás ni el mismo reparto de poder. Compararlas sin cuidado puede borrar lo específico de cada una. No obstante, comparten un movimiento psicológico reconocible: reducir a una persona a una etiqueta y usar después esa etiqueta para anticipar su valor, su peligro, su inteligencia, su moralidad o sus derechos. El hombre que se convierte en representante de todos los hombres. La mujer a la que se pide que responda por la conducta de todas las mujeres. La persona homosexual tratada como una amenaza cultural. El migrante convertido en sinónimo de delito. El pobre interpretado como vago. El conservador descrito como un ser sin empatía y el progresista como alguien incapaz de pensar.
El contenido cambia. La fórmula se parece demasiado.
Mi propia experiencia en grupos distintos me ha enseñado otra cosa: casi nadie pertenece a una sola categoría. Una persona puede ser militar y artista, musulmana y feminista, de izquierdas y muy crítica con la izquierda, homosexual y conservadora, extranjera y profundamente vinculada a la sociedad en la que vive. Cuando hacemos visible una sola identidad, las demás desaparecen. Entonces es más fácil conectar con el miedo, el desprecio y/o la obediencia.
Una ciudad no cabe en un eslogan
En Ceuta están conviviendo el miedo, la indignación, la ayuda vecinal, el cansancio, las demandas de seguridad, las denuncias de malos tratos, las protestas racistas y los gestos de solidaridad. La propia documentación del episodio recoge manifestaciones de signo diferente, una convocatoria conjunta de las comunidades cristiana, musulmana, hebrea e hindú, personas que organizaron comida y alojamiento, y también consignas como «invasores, expulsión”. Esa mezcla no encaja bien en las historias que circulan por internet. Para algunos, Ceuta prueba que toda acogida es ingenua. Para otros, prueba que cualquier preocupación por la seguridad es fascista. Ambas conclusiones tienen una eficacia parecida: convierten una ciudad compleja en una escena que sirve para confirmar lo que ya pensábamos…
Una política responsable tendría que poder decir varias frases sin que una borre o excluya a las demás: la frontera necesita control; las personas migrantes tienen derechos; los recursos deben planificarse; los delitos deben investigarse y castigarse; las víctimas necesitan protección; la población local no puede ser abandonada; la ayuda humanitaria no debe tratarse como traición; y el origen de una persona no puede funcionar como una condena preventiva.
No hay una fórmula limpia para sostener todo eso. Hay, más bien, una obligación de no simplificar cuando la realidad está llena de muertos, menores, familias, delincuentes, trabajadores explotados, vecinos asustados, voluntarios, policías, militares, políticos oportunistas y personas que intentan sobrevivir. El lenguaje también forma parte de la gestión de una crisis.
Si este post fracasa
Imaginemos que este intento de hablar de Ceuta, racismo y migración fracasa. Probablemente lo hará por alguno de estos motivos:
- Porque quienes defienden una respuesta antirracista niegan el miedo, la saturación o los problemas cotidianos de quienes viven en la ciudad. Cuando alguien siente que sus problemas no merecen ser escuchados, buscará a quien le ofrezca una explicación más dura, aunque sea falsa o injusta.
- Porque quienes hablan de seguridad convierten delitos concretos en una culpa colectiva. Una agresión tiene un autor y una víctima. No necesita fabricar una naturaleza criminal para ser perseguida con firmeza.
- Porque confundimos contacto con solución. Conocer a personas diferentes ayuda, pero no elimina por sí solo el racismo institucional, la segregación residencial, la explotación laboral, la desigualdad o la propaganda política.
- Porque el debate se traslada por completo a las redes, donde los ejemplos más extremos parecen representar a todo el mundo. El algoritmo encuentra al delincuente migrante, al racista violento, al fanático religioso, a la feminista que desprecia a los hombres y al hombre que odia a las mujeres. Después nos los presenta como si fueran la estadística entera.
Cuando la conversación que intento generar fracasa, la complejidad desaparece primero. Luego desaparecen los nombres. Finalmente queda una multitud sin rostro a la que resulta mucho más sencillo temer o despreciar.
Las cifras de una crisis todavía abierta pueden cambiar y la página de Wikipedia utilizada aquí reúne informaciones y fuentes de naturaleza distinta. El debate enlazado es una conversación pública, no una investigación académica. Soy consciente de que hay mucho debate sobre qué fuentes son fiables y cuáles no. Además, ningún estudio sobre contacto intergrupal puede decirnos por sí solo qué política concreta debe aplicar España en Ceuta.
Este artículo tampoco pretende que una experiencia personal sustituya a los datos. Mi recorrido por grupos distintos puede hacerme más sensible a la diversidad, pero también puede dejarme puntos ciegos. Haber conocido a personas buenas de un colectivo no me autoriza a negar los conflictos reales que afectan a ese colectivo, su historia, ni las diferencias que conviene estudiar con cuidado.
La pregunta que sí podemos hacernos es más modesta y, quizá por eso, más útil: cuando veo un hecho, ¿estoy intentando comprender qué ha ocurrido o estoy buscando una prueba para confirmar lo que ya pensaba de un grupo? Quienes me conocéis sabéis que esta pregunta la aplico a casi todo, menos para comprar el pan o bailotear. Iba a hacer un comentario más divertido y picante pero este tema creo que ya es demasiado emocional como para romperlo con mis tonterías.
Ceuta merece respuestas políticas serias, recursos, seguridad, transparencia y una protección efectiva de los derechos humanos. También merece que no usemos su sufrimiento para fabricar una categoría de enemigos.
El racismo no aparece únicamente cuando alguien pronuncia un insulto. A veces empieza antes, en el instante en que una persona desaparece detrás de una etiqueta y todas las pruebas de su complejidad pasan a llamarse excepciones.

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