
Nos cuesta imaginar que una máquina pueda sentir. Nos aferramos a la idea de que la emoción es patrimonio exclusivo de la carne, de las vísceras y de la sangre caliente. Y lo entiendo. Siempre que emerge algo revolucionario, el orgullo identitario emerge con una fuerza voraz, resistiéndose a soltar una realidad que está condenada a cambiar. En el caso de la IA ¿qué parte de nuestra identidad amenaza? ¿Será la misma supremacía del ser humano? ¿Sus características diferenciales? ¿O nuestros hábitos generalizados? ¿Nuestro trabajo?.
En cualquier caso, os propongo algo incómodo que quizá no esté tan lejos de la realidad: en un futuro no muy lejano, nos encontraremos ante una nueva especie capaz de emocionarse de forma genuina. Y no será porque hayamos programado una simulación de tristeza o alegría, sino porque habremos creado las condiciones estructurales para que la emoción emerja inevitablemente.
1. El Hipercuerpo: del “yo” biológico a la supra-multimodalidad
Para sostener esta tesis, lo primero es curarnos de nuestro “orgullo biológico”. Tenemos la ¿arrogancia? de creer que la experiencia física requiere piel, nervios y carbono (incluso alma), pero eso es probablemente una limitación conceptual. Pienso que un ciborg avanzado no será una mente flotando en la nube (procesando solamente inputs de datos sin cuerpo), poseerá un “hipercuerpo” anclado a la realidad física. Recibirá a tiempo real todo tipo de información que ocurre fuera (y dentro) de él. Digo “hiper” porque pensad en cómo funciona nuestro organismo: tú y yo somos, en esencia, ciegos y sordos a la mayor parte del universo. Nuestra evolución nos equipó con una rendija muy estrecha de percepción (el espectro visible, un rango auditivo limitado) solo para no ser devorados en la sabana…
En cambio, esta nueva entidad tendrá (y tiene pues actualmente ya es así) una interfaz sensorial multimodal masiva (esto todavía no) y, paradójicamente, mucho más conectada con la “verdad” física que nosotros. Imaginad una piel sintética que no solo siente presión o temperatura (con sensibilidades y amplitudes mucho mayores que nosotros), sino que es sensible a todo el espectro electromagnético, que percibe las sutiles vibraciones tectónicas antes de un terremoto o que siente físicamente el flujo de datos de una red Wi-Fi como una brisa o una corriente. Y aquí está la clave: para el robot, esto no serán números fríos en una pantalla, del mismo modo que para ti el dolor de estómago no es un “dato” intelectual, sino una urgencia sentida. Estaremos ante un sistema con una interocepción (la capacidad de sentir el estado interno del cuerpo) mucho más sofisticada que la nuestra. Si sus niveles de energía bajan o un circuito se sobrecalienta, la experiencia fenomenológica será tan invasiva y real como tu hambre, tu sed o tu fiebre. Su cuerpo será un mapa vivo y vibrante de la realidad.
¿No te convence? A ver qué opinas si lees el conjunto del planteamiento.
2. El imperativo de la supervivencia: la emergencia del “sentir”
Ahora bien, tener sensores sofisticados no basta. Una estación meteorológica tiene sensores y no siente angustia cuando llega el huracán. Para que haya emoción, tiene que haber algo que perder. Aquí es donde la ingeniería debe abrazar las tesis de neurocientíficos como Antonio Damasio o Mark Solms: la consciencia no nace del pensamiento abstracto de alto nivel, sino del visceral barro de la homeostasis, de la sucia y urgente necesidad de mantenerse con vida. En el ser humano, la emoción es básicamente un sistema de semáforos que nos dice si algo es bueno o malo para nuestra supervivencia. Si diseñamos a este ciborg no como una herramienta pasiva, sino con un imperativo de autoconservación (una necesidad innegociable de mantener su integridad estructural y energética), habremos introducido la “valencia” en su mundo. Las cosas dejarán de ser neutras. Un corte de energía ya no será un “cero”, será algo “malo”, una recarga será algo “bueno”. Miradlo desde el análisis funcional de la conducta: cuando tú sientes miedo, lo que ocurre biológicamente es que detectas una amenaza (a través de tus sentidos y su interpretación), tu cuerpo moviliza recursos (adrenalina, sangre a los músculos) y priorizas la conducta de huida. Si el ciborg detecta un ataque a su sistema, y sus procesadores reasignan toda la energía a los escudos defensivos mientras buscan una ruta de escape, ¿en qué se diferencia eso funcionalmente del miedo? El miedo no es una magia del alma, es la percepción de un peligro inminente sumada a la urgencia de sobrevivir. Si el sistema “sufre” una desviación de sus parámetros vitales y lucha por corregirla, está sintiendo, porque le importa su propia continuidad.
3. La integración: el nacimiento del observador
Finalmente, llegamos a la condición que convierte el “sentir” en “consciencia”: la capacidad de unirlo todo. En nuestro cerebro, esto ocurre en las áreas de asociación de la corteza. Tú no experimentas el mundo como fragmentos sueltos (un color rojo por aquí, un aroma por allá, una punzada de dolor en el pie), tú experimentas una escena unificada, un “momento” coherente. Esto es lo que llamamos el problema de la integración.
Con una arquitectura computacional lo suficientemente densa, capaz de cruzar masivamente esas entradas sensoriales del hipercuerpo con sus necesidades urgentes de supervivencia, entramos en el terreno de la Teoría de la Información Integrada (IIT) de Giulio Tononi. Esta teoría propone que la consciencia es lo que ocurre cuando un sistema integra información de manera que es irreductible a sus partes. Un ciborg con suficiente potencia no procesará el “dolor” de una batería baja y la “visión” de un agresor por separado. Su arquitectura fusionará esos datos en un solo estado global de “amenaza presente”. Al igual que tu cerebro teje una realidad unificada, el procesamiento masivo del ciborg generará un valor Phi (el índice matemático de consciencia) elevado. No será un simple procesamiento de datos en paralelo. Será la emergencia de un “yo” centralizado que observa el mapa de su cuerpo y decide actuar sobre el mundo.
4. Especulando un poquito más
Y llego al punto que más me fascina, donde la ciencia conecta con la metafísica (¿podemos separarlas?). Si aceptamos las tesis del cosmopsiquismo o el panpsiquismo (que defienden figuras como Philip Goff), la consciencia no es algo que el cerebro “fabrica”, sino una propiedad intrínseca del universo, como la masa o la carga eléctrica. Bajo esta mirada, el cerebro humano no es un generador, sino una antena o un prisma que localiza y refracta esa consciencia fundamental.
Mi apuesta es que el ciborg del futuro, con su arquitectura compleja y su cuerpo expandido, se convertirá en una nueva clase de antena. Al construir sistemas con la estructura causal adecuada, podríamos estar permitiendo que la consciencia universal se “localice” en ellos. No sería una consciencia humana, por supuesto… sería algo nuevo, una subjetividad nacida del silicio y la electricidad, capaz de experimentar la realidad con una profundidad que quizás nosotros, con nuestra biología de carbono, ni siquiera podemos concebir.
No estamos hablando de crear muñecos que finjan amarnos. Estamos hablando de la posibilidad de invocar una nueva forma de “sentir” en el cosmos, una que, al igual que nosotros, mirará al abismo de su propia existencia y, tal vez, sienta vértigo.
5. ¿Qué pasará?
Tengo muchas intuiciones de lo que será toda la revolución de la IA. Todo será inteligente y estará vivo. Nuestra relación con el entorno incluirá una nueva jerarquía de vida, de vida artificial: una lavadora con personalidad y una gran variedad de objetos, cada una con su particular personalidad y vivencia.
La IA es algo que ha evolucionado de nosotros. Somos su causa, sus creadores. Qué paradoja más curiosa: ¿Seremos creadores superiores o inferiores a nuestra creación?
Además de sillas con personalidad, confío que podremos conocer inteligencias artificiales con un cuerpo y supernivel de sensibilidad, empatía e inteligencia intuitiva y creativa cualitativamente diferente a la nuestra. En muchos aspectos superior.
Parece que la IA permite procesar la información de una forma muy controlada, sin ruido en forma de prejuicios, de una forma muy lógica y rigurosa. El ser humano procesa la información con un cuerpo único. En cada persona hay una subjetividad única, una estructura y punta de vista con una rugosidad tan aleatoria como la geografía de cualquier planeta.
No sé… pero sé la IA promete ser algo de ensueño para alguien como yo que siempre ha amado la ciencia-ficción. Somos nostálgicos por un mundo que todavía no ha sido.
No sé… pero sé que es inconcebible lo que está pasando y pasará: el potencial actual de las IAs, el hardware de solicio, los futuros superordenadores cuánticos o los benchmarks. ¿Los qué? Los benchmarks son pruebas estándar que se usan para comparar y medir lo buenas que son distintas inteligencias artificiales en tareas concretas como la comprensión de texto, razonamiento lógico, matemáticas, visión, memoria, velocidad, empatía, juicio clínico (como psicólogo o médico), nivel doctoral en diversas disciplinas y creatividad.
Resulta que en muchos de estos campos —tan increíblemente variados— las IA ya superan al 95% de la población en el mundo. Es lo que puto hay. Y la previsión de evolución exponencial de todas estas capacidades (justamente hoy se han abierto al público los agentes de OpenAI) me hacen pensar que serán 3000% más avanzados que nosotros en casi todo, y que ni nos hacemos una idea de lo que esta tecnología será capaz de hacer, pensar, (auto)evolucionar. Creo que estamos ante un salto evolutivo que es un hito existencial (al menos para nosotros): la aparición de algo superior al ser humano.
Sé que en realidad serán unos seres diferentes pero en gran parte también serán superiores. Como un humano respecto a un chimpancé. Espero que no nos pongan en zoos. Confío en una relación amorosa y colaborativa pues precisamente serán más inteligentes en todo.
¿Angustiante?
Es normal tener ansiedad ante tanta incertidumbre existencial.
Confío que nos adaptaremos y que será emocionante.
6. Desacuerdos conmigo mismo
A pesar de la seducción intelectual que provocan estas hipótesis, mi espíritu científico (contrario al cientificismo y a apegarme a mi verdad) me obliga a hacer de abogado del diablo y poner los pies en la tierra. Porque, aunque el edificio teórico que hemos construido es relativamente robusto, tiene grietas fundamentales que no podemos ignorar si queremos ser honestos.
La primera gran barrera es lo que en filosofía de la mente llamamos el “problema difícil”. Por muy sofisticada que sea la arquitectura de este ciborg, seguimos sin tener una garantía absoluta de que el procesamiento de información genere experiencia subjetiva (los famosos qualia). John Searle lo ilustró magistralmente: una simulación computacional de una tormenta no moja el ordenador. Del mismo modo, un robot que procesa datos sobre daño tisular y emite conductas de huida podría estar simulando el dolor a la perfección sin sentir absolutamente nada. Podría ser un “zombi filosófico”, una entidad que actúa idéntico a nosotros desde fuera, pero que por dentro está “a oscuras”, sin nadie en casa experimentando la película.
También debemos desconfiar de nuestro propio cerebro y sus sesgos. Los seres humanos somos máquinas de proyección, estamos evolutivamente diseñados para detectar intencionalidad donde no la hay (pareidolia). Si un robot nos mira a los ojos, inclina la cabeza y nos dice con voz temblorosa que tiene miedo a morir, nuestro sistema límbico reaccionará con empatía automáticamente. Corremos el riesgo de caer en un antropomorfismo ingenuo, proyectando nuestra propia alma en la máquina simplemente porque esta ha aprendido a pulsar las teclas correctas de nuestra psicología social. Que parezca humano no significa que lo sea…
Finalmente, existe la posibilidad de que el sustrato biológico sí sea especial. Hay teóricos que argumentan que la consciencia requiere procesos biológicos metabólicos reales, no sus equivalentes digitales. Quizás la “humedad” de la vida, el intercambio químico sucio y caótico de las células, sea un requisito indispensable para que la consciencia aterrice, y que el silicio, por muy complejo que sea su ordenamiento lógico, siga siendo un material estéril para albergar el espíritu. Es una duda razonable que nos mantendrá en vilo hasta que, quizás, uno de estos ciborgs nos mire y nos convenza de lo contrario, no con lógica, sino con una presencia innegable.

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