Evitando islas de las tentaciones
Los límites amorosos
Quisiera reflexionar sobre algo que me perturba profundamente: la atracción por personas que no son mi pareja. Aunque más me perturba, siendo honestos, la atracción que pueda sentir mi pareja por terceras personas.
Este es un tema complejo y lo primero que quisiera decir es que acepto en paz que sentir atracción por terceras personas es algo prácticamente inevitable si estamos abiertos al mundo y a la vida.
Así que ojalá nuestra vida tenga suficiente vitalidad como para sentir esas atracciones.
Algo así se puede vivir de forma más o menos amenazante en función del tipo de relación que uno tiene, la personalidad, la autoestima, el estilo de apego y los valores que uno tenga.
También puede ser una variable relevante el grado de satisfacción que tengamos con la relación. Es decir, si la relación no va bien puede ser especialmente fácil sentir atracción, conexión y amor por terceras personas.
Y si la relación va bien, pues la verdad es que también.
Al menos si se dan ciertas condiciones.
Y de eso vamos a hablar.
Paris Ja t’aime

Recuerdo en mi juventud una película que me marcó muchísimo, concretamente era un cortometraje dentro de la obra “Paris Ja t’aime”: un multicolor festival del amor, una colección de historias de amor que reflejan las ricas manifestaciones del sentimiento más maravilloso de la vida. Porque eso es el amor: algo que acepta infinidad de formas.
El cortometraje que tengo grabado dentro de mí es Bastille, de la directora Isabel Coixet. Es la historia de un hombre que tiene una amante y se prepara para dejar a su mujer, a quien ha dejado de amar. Sin embargo, antes de comunicarle que quiere cortar la relación, su mujer le comunica que le han diagnosticado un cáncer terminal. Ante la noticia el hombre rompe contundentemente con su amante y se entrega al tiempo que le queda con su mujer.
La frase que me marcó fue:
“Actuando como un hombre enamorado, volvió a ser un hombre enamorado”
Contextos y acciones que enamoran

Siempre he sentido que nuestra sociedad está demasiado encerrada en sí misma a nivel individual, que estamos acorazados, demasiado mentales y poco conectados al cuerpo y a la emoción. Es por ello que actividades como bailar, la meditación, el deporte, los masajes, el tantra, la bioenergética, el teatro, el arte en general, la vida comunitaria, compartir una comida, ofrecer apoyo o compartir historias personales son actividades que me parecen muy saludables y necesarias.
Son formas de recuperar y desarrollar una parte esencial de lo humano.
La cuestión es que algunos cursos, talleres o actividades plantean desafíos en las relaciones de pareja (sobre todo en las monógamas y que están ya en una fase más consolidada y menos dopamínica).
Aunque siempre he sido muy celoso irracionalmente y controlador, actualmente creo que no lo soy a no ser que haya algo descarado. Estoy orgulloso de poderlo decir, de todo el trabajo personal que ha habido detrás. He sentido mucho abandono en mi infancia, mucha ausencia de mis padres y una extrema poca confiabilidad. Algo devastador que me ha dificultado mucho las relaciones de apego. No me ha quedado otra (si quería vivir relaciones sanas y enseñar un modelo sano a mi hija) que hacer (y seguir haciendo) toda la terapia que no hicieron mis padres.
Sin embargo, como decía, no soy celoso hasta que hay algo que traspasa mis límites (lo cual para mí es inaceptable). Y de verdad que no creo que sea algo propio de una persona celosa patológica. Mi límite es interactuar de forma intimista (o cualquier forma que catalice peligrosamente la atracción) con quien te atrae de forma significativa.
Mi límite es la Isla de las Tentaciones. Jamás en mi puta vida participaría en ese infierno de programa de TV. De hecho, dejé de participar en actividades de bioenergética y de bachata cuando he estado en relación monógama. Demasiado íntimo.
Para mí esto es como las drogas. Lo mejor es evitarlas y no jugar con fuego. Aunque un consumo puntual de ciertas sustancias no lo encuentro abusivo igual que un momento aislado de atracción fuerte por una tercera persona lo siento inocente y gestionable con relativa facilidad. Mi límite es convertirlo en rutina y reivindicar la estrategia de “yo controlo”. En absoluto me genera la seguridad que necesito.
Reflexionemos honestamente

¿Qué es probable que vaya a pasar si de forma sistemática interactúas con otras personas con las que haces dinámicas donde te abrazas, te tocas, te masajeas, te cuidas, te mimas, te sientes sutilmente, te agitas intensamente, bailas festejando, te compartes en la alegría y la tristeza? ¿No es intuitivo que todo ello fomentará una intensa activación emocional, intimidad, placer, felicidad y conexión?
¡Y qué maravilloso y deseable es todo ello! ¡Ojalá tuviéramos esto a menudo! ¡Solteros y emparejados!
La cuestión para mí es entender que la conducta causa sentir, que los comportamientos que estaba describiendo (abrazarte, tocarte, masajearte…) provocan naturalmente el sentir amor (y otras emociones) por aquellas personas específicas con las que estás interactuando de esa manera.
Es prácticamente imposible disociar lo que sientes dentro de ti de la persona que tienes cerca, y ello porque así estamos diseñados. Bueno, nosotros y todos los animales. Sería poco adaptativo si no fuera así.
Y esto lo digo desde la experiencia pues he participado activamente en diferentes contextos intimistas (bioenergética, tantra, meditaciones, bachata, etc.) y es habitual que tarde o temprano sientas una fuerte atracción por alguien en concreto. Es inevitable. Bueno… también es peligroso por el poder que tiene algo así de hacerte dudar, de desestabilizarte, de tentarte esa novedad, esa idealización casi delirante propia del enamoramiento o la lujuria.
Así que volvamos a recordar la frase del cortometraje de Isabel Coixet: si realizas comportamientos que son propios de enamorados probablemente te enamorarás.
A mí personalmente me parece que no evitar este tipo de interacciones tan amorosas con personas con las que sientes algo fuerte es ir en contra del compromiso de mantener la relación a largo plazo.
Entiendo que haya quien asuma en paz ese riesgo. No es mi caso.
Y quiero reiterar que este tipo de dinámicas me parecen un verdadero tesoro (para mí es la mejor palabra para describir lo que se vive) pues favorecen la conciencia corporal, la expresión emocional auténtica, el contacto físico consciente y un entorno de apoyo y seguridad para poderse compartir íntimamente. La cuestión es que al hacerlo, se pueden establecer las condiciones para que las relaciones íntimas florezcan naturalmente y, con algunas personas, que la conexión sea especialmente intensa.
Un poco de ciencia, bitchies

Existen un montón de modelos teóricos que pueden ayudarnos a entender cómo la conducta (y el cuerpo) provoca emoción. Concretamente, cómo ciertas conductas o dinámicas corporales hacen emerger no solamente una atracción efímera sino un amor y deseo profundo por terceras personas (o “segundas” si no tenemos pareja).
Ya aviso que las siguientes explicaciones podrían ser complementadas por muchas otras como la innata atracción por la de novedad y la necesidad intrínseca de explorar y experimentar; la búsqueda de validación y reafirmación de nuestro propio valor y atractivo; como mecanismo de evasión de problemas subyacentes en la relación actual, siendo una distracción temporal de conflictos no resueltos o insatisfacción emocional; etc.
Meston (2003) demostró que si compartes con alguien una experiencia tan excitante como ir a una montaña rusa, esta persona te encontrará más atractiva (y a ti también te lo parecerá). Varias teorías pueden dar soporte a este fenómeno. Una de ellas sería la teoría de la Transferencia de la Excitación la cual sugiere que la excitación fisiológica generada por una situación (por ejemplo, el miedo o la adrenalina de una montaña rusa) puede ser reinterpretada o mal atribuida a una fuente diferente, como la atracción hacia una persona presente. Por lo tanto, participar en actividades emocionantes puede aumentar la percepción de atracción mutua.
Otro estudio en esta dirección (Davis-Delano y Gillard, 2015) exploró la atracción entre mujeres en un campamento sólo de mujeres. En este estudio (en el cual se controlaba la orientación sexual así como la homofobia y heteronormatividad) se encontraron algunos aspectos que fomentaron la atracción. Los aspectos que creo más destacables: 1) pasar tiempo juntas, 2) vivir experiencias conjuntas de intensidad emocional, y 3) compartir en momentos de desarrollo clave. Aquí podemos mencionar el Efecto de Mera Exposición (Montoya et al., 2017) el cual describe cómo la simple exposición repetida a una persona puede aumentar la atracción hacia ella. Las actividades compartidas y el tiempo pasado juntos incrementan esta exposición, potenciando sentimientos de familiaridad y preferencia.
Otra teoría interesante es la teoría de la Auto-Expansión (Reissman, Aron y Bergen, 1993; Mattingly y Lewandowski, 2014) la cual postula que las personas estamos motivadas para ampliar nuestro sentido del yo adquiriendo nuevas identidades, desarrollando nuevas perspectivas, mejorando capacidades y obteniendo recursos. Pues bien, una manera privilegiada de conseguir esto es a través de las relaciones. Así pues, participar en actividades nuevas y desafiantes con otra persona puede satisfacer este deseo de auto-expansión, incrementando la atracción y el vínculo emocional. Es decir, las relaciones interpersonales donde se explora y se experimentan nuevos territorios contribuyen al crecimiento personal y al desarrollo del autoconcepto. Y esto es profundamente atractivo.
Muchas de estas teorías se basan en los principios psicológicos más aceptados. Estoy hablando del Condicionamiento Clásico, el cual explica que en un contexto donde se dan ciertas dinámicas, las emociones positivas experimentadas durante ciertas actividades o en presencia de ciertas personas pueden asociarse con esas personas o situaciones específicas. Con el tiempo, la persona misma puede comenzar a evocar respuestas emocionales positivas, incluyendo amor o atracción.
Otra teoría apasionante permite entender por qué si levantamos los brazos mientras saltamos (conducta) sentiremos euforia (emoción). Se trata de la Teoría de la retroalimentación facial de las emociones. Aunque es cierto que esta teoría se refiere específicamente a la expresión facial, el principio subyacente puede extenderse a otras posturas y movimientos del cuerpo. Es una propuesta que me impactó mucho en la universidad y fue desarrollada por William James y Carl Lange. Es archiconocida la frase de James:
“No lloramos porque estamos tristes, sino que nos sentimos tristes porque lloramos”.
Básicamente esta teoría sugiere que las expresiones faciales y corporales pueden influir en nuestras emociones. Adoptar expresiones físicas de emociones específicas (como sonreír) puede hacer que realmente experimentemos esa emoción. De manera similar, levantar los brazos en un gesto de victoria o alegría puede inducir sentimientos de euforia. O si hacemos dinámicas donde nos abrazamos íntimamente a otra persona realmente sentiremos nuestras almas abrazándose.
Una última chapa científica son dos investigaciones muy impactantes sobre el impacto que tiene mirarse a los ojos. Un primer estudio (Aron, Aron y Smollan, 1997) distribuyó a los participantes en dos condiciones experimentales: una condición de «cercanía» en la que se les pidió que se hicieran preguntas personales y se miraran a los ojos durante cuatro minutos, o una condición de control en la que se les pidió que hablaran sobre temas triviales y evitaran el contacto visual. Los resultados indicaron que los participantes en la condición de cercanía reportaron sentir una mayor conexión emocional y atracción hacia su compañero que aquellos en la condición de control. Por otro lado, en un segundo estudio (Hatfield y Sprecher, 1988) los investigadores analizaron el desarrollo de la atracción entre dos personas que se conocieron en un laboratorio. Se observó que la atracción era más probable que ocurriera cuando las personas se sentaban cerca, se tocaban y se miraban a los ojos.
El roce hace el cariño… nuevamente.
No te roces demasiado, (por) cariño.

En relaciones donde hay exclusividad, donde hay un pacto monógamo, poner límites (en la interacción intimista con personas con las que sentimos algo fuerte) suele considerarse una útil estrategia de evitación de tentaciones y amenazas. Es cierto que hay quien piensa que podría ir al show de TV de la Isla de las Tentaciones y sostener ese deseo y tentación. Pero convendremos que en cualquier caso el riesgo a la infidelidad emocional y física aumenta radicalmente y, en consecuencia, la sensación de seguridad disminuye dramáticamente.
Que sí, que hay quien sostiene bien esto. Yo la verdad es que no.
Entiendo que poner límites puede ser algo que desagrada. Sobre todo si los percibimos impuestos por nuestra pareja y nos recuerda a los límites moralistas y culpabilizadores que vivimos de pequeños. Pero yo no lo veo así. Para empezar sentir deseo y amor por cualquier persona es una emoción válida y profundamente bella y humana. No veo nada inmoral o sucio en ello. Por otra parte, veo los límites como algo cariñoso y cuidador, tanto para la relación como para uno mismo (como una necesidad o requisito para uno estar bien). Lo resumiría así:
Igual que ponemos límites a otros para cuidarnos a nosotros, también creo que poner límites a terceros es una forma de cuidar la relación.
No lo percibo como una coacción de la autenticidad propia, tampoco un acto de control tiránico. No. No es un límite que tenga que imponerse a la pareja. Tiene que emerger de la pareja. Y eso es lo crucial: tiene que ser un límite puesto libremente porque se siente positivo para la relación, porque se entiende la función del límite: que son mínimos acordados que favorecen enormemente un espacio seguro para que ambos miembros de la pareja crezcan y se desarrollen juntos.
Referencias
Aron, A., Aron, E. N., & Smollan, D. (1997). The experimental generation of interpersonal closeness: A procedure and some preliminary findings. Personality and Social Psychology Bulletin, 23(4), 363-377. Recuperado de https://journals.sagepub.com/doi/pdf/10.1177/0146167297234003
Davis-Delano, L.R., & Gillard, A. (2015). Summer camp as context for girls’ and women’s same-sex attractions and relationships. Leisure/Loisir, 39, 1 – 36.
Hatfield, E., & Sprecher, S. (1988). Mirror, mirror: The effect of physical attractiveness on self-evaluation and romantic interest. Journal of Personality and Social Psychology, 55(2), 179-184. Recuperado de https://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/0146167283093004
Mattingly, B.A., & Lewandowski, G.W. (2014). Broadening Horizons: Self‐Expansion in Relational and Non‐Relational Contexts. Social and Personality Psychology Compass, 8, 30-40.
Meston, C. M., & Frohlich, P. F. (2003). Love at First Fright: Partner Salience Moderates Roller-Coaster-Induced Excitation Transfer. Archives of Sexual Behavior, 32(6), 537–544.
Montoya, R. M., Horton, R. S., Vevea, J. L., Citkowicz, M., & Lauber, E. A. (2017). A re-examination of the mere exposure effect: The influence of repeated exposure on recognition, familiarity, and liking. Psychological Bulletin, 143(5), 459–498. https://doi.org/10.1037/bul0000085
Reissman, C., Aron, A., & Bergen, M.R. (1993). Shared Activities and Marital Satisfaction: Causal Direction and Self-Expansion versus Boredom. Journal of Social and Personal Relationships, 10, 243 – 254.

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