La luz probablemente sea uno de los fenómenos más fascinantes. Puede que sea algo que damos tanto por hecho que no nos paremos a pensarlo (y es así como lo mágico se escurre en nuestras narices). Yo mismo no lo hago habitualmente. Pero de vez vuelvo a reparar en ello y vuelvo a sentir un vértigo y un asombro infinitos.
Más allá de lo que es físicamente (radiación electromagnética visible, que viaja a la máxima velocidad que conocemos si no contamos la expansión del espacio del universo ¡¡la cual puede llegar a ser incluso el doble de veloz!!), el otro día reflexionaba sobre nuestra relación con la luz. La del Sol tarda unos ocho minutos en llegar hasta nosotros. Está entrando por la ventana ahora mismo y, cuando lo pienso, me cuesta bastante seguir tratándola como si no pasara nada especial…
¿Puede haber un impulso más primitivo que el de acercarnos a la luz? Me lo pregunto al pensar en las experiencias cercanas a la muerte (ECM): algunas personas cuentan que vieron una luz intensa y sintieron que se dirigían hacia ella. Eso no demuestra que exista un instinto universal, ni nos dice qué ocurre después de morir, pero me impresiona y me hace intuir una verdad en todo ello. En esos relatos, la luz parece estar muy cerca de la vida, incluso cuando la persona ha estado a punto de perderla.
También la luz debió de estar relacionada con la vida cuando aprendimos a controlar (y luego a crear) el fuego hace cientos de miles de años. Imagino una hoguera en mitad de la noche, el espacio que permitía ver, calentarse y mantener a cierta distancia a los depredadores. Que se apagara podía suponer una verdadera pesadilla (la que vivimos durante millones de años antes de disponer de luz y calor por la noche). Me conmueve pensar en alguien cuidando de aquellas llamas mientras los demás dormían: una tarea pequeña, que supuso un entrenamiento cognitivo que impulsaría nuestra inteligencia, de la que dependían muchas vidas.
O miremos a las plantas. Muchas crecen hacia la luz para poder hacer el milagro de la fotosíntesis. Los girasoles jóvenes incluso siguen el recorrido del Sol durante el día y, por la noche, vuelven a orientarse hacia el este antes de que amanezca. Y hay flores con dibujos ultravioletas que algunas abejas pueden percibir y nosotros no. Compartimos el mundo, sí, pero no vemos el mismo mundo.
Ir hacia la luz responde, en estos casos, a procesos físicos y biológicos, aunque eso no les quite nada de belleza y magia. El Sol, nuestra querida estrella, nos proporciona la energía que hace posibles tantos procesos de la vida. No sabemos exactamente cómo surgió esta. Incluso existen ecosistemas que viven sin luz solar, gracias a la energía química del fondo oceánico. Pero todos necesitan alguna fuente de energía: sin ella no podrían sostenerse los cambios de los que depende hasta una simple célula. Lo de «simple», por supuesto, es irónico.
Vengo hablando de la luz, pero creo que lo que más me fascina es lo que ocurre a su alrededor: una hoguera cambia lo que podemos hacer durante la noche, una planta crece, nosotros vemos cosas que antes permanecían ocultas. La luz no actúa igual en todas partes. Importa dónde llega y con qué se encuentra. Pensando en eso he acabado volviendo a Aristóteles.
Aristóteles definía la naturaleza como un principio de «movimiento y reposo». En el libro II de la Física lo explica de una manera que me parece preciosa, aunque haya que leerla despacio. En una traducción libre del pasaje:
Entre las cosas que existen, unas existen por naturaleza y otras por otras causas. Por naturaleza existen los animales y sus partes, las plantas y los cuerpos simples, como la tierra, el fuego, el aire y el agua. Todas ellas tienen en sí mismas un principio de movimiento y de reposo: respecto del lugar, del crecimiento y la disminución, o de la alteración.
Me interesa que, para Aristóteles, moverse no sea solamente desplazarse. Una planta que crece, un cuerpo que envejece o algo que cambia de cualidad también están en movimiento. Y en el famoso libro III da un paso más: llama movimiento a la realización de lo que existe en potencia, precisamente mientras sigue siendo una posibilidad. El ejemplo que pone es una casa: cuando los materiales pueden convertirse en ella y alguien la está construyendo, eso que ocurre durante la construcción es el movimiento. La casa terminada ya es otra cosa.
A mí esto me hace pensar en cuánto nos cuesta concederle realidad a lo que todavía está ocurriendo. Nos resulta más fácil señalar el antes y el después: la semilla y el árbol, la persona que callaba y la que por fin habla. Pero hay todo un tiempo entre ambas imágenes, lleno de tanteos, interrupciones y condiciones que pueden favorecer el cambio o impedirlo. Una posibilidad no es una promesa. La semilla puede no germinar; alguien puede querer hablar y necesitar todavía un lugar donde hacerlo. Una misma luz puede alcanzar una hoja, una retina y una pared, pero no ocurre lo mismo en cada encuentro. También la vida depende de aquello con lo que nos encontramos, no solo de lo que llevamos dentro.
Y luego está esa otra palabra de Aristóteles: reposo. Me gusta que aparezca en la misma definición de naturaleza. Me recuerda, eso sí, que cambiar no equivale a estar siempre avanzando… Los girasoles maduros dejan de seguir el recorrido del Sol y permanecen orientados hacia el este. La luz sigue llegando; lo que ha cambiado es su manera de responder a ella.
Quizá por todo esto me resulta tan difícil separar del todo la vida del movimiento y del descanso: ambos pueden formar parte de su historia, según el momento.
Y, al mismo tiempo, la luz puede deslumbrarnos, ojo (nunca mejor dicho). A veces necesitamos sombra, cerrar los ojos, dejar que la vista se acostumbre poco a poco. Supongo que eso también forma parte de nuestra relación con ella, aunque solemos olvidarlo cuando la convertimos en símbolo de todo lo bueno.
Poesía visual
Escribí este poema un día mientras grababa la llama de una vela. Aquí van, juntas, las imágenes y las palabras.
Un juego para acabar
Cuando miramos prolongadamente una imagen y luego ponemos la vista en un fondo blanco, podemos seguir percibiéndola durante unos instantes. Además, cuando esa imagen es en color, la adaptación de nuestro sistema visual puede hacer que aparezca en otros colores, a menudo complementarios. Sabemos explicar bastante bien el fenómeno y, aun así, cuando ocurre delante de tus ojos tiene algo de truco de magia.
Instrucciones: clica en la imagen de abajo para que se abra en grande. Mira detenidamente uno de los dos círculos durante unos 20 segundos (fija la vista justo en el centro de la cruz). Después mira el punto del recuadro blanco de en medio. Poco a poco puede aparecer el círculo en otros colores:

Me hace gracia que podamos saber cómo funciona una postimagen y, aun así, tener ganas de mirar el punto blanco para verla aparecer. Entender algo no agota lo que ocurre cuando lo experimentamos. También podemos saber muy bien por qué nos cuesta movernos cuando alguien nos mira, pedir lo que necesitamos o jugar sin vigilarnos, y encontrarnos con algo inesperado cuando llega el momento. El cuerpo, las ganas, la vergüenza, la otra persona… No siempre responden como habíamos imaginado.
Casa Raíz: un lugar para probar
Eso es lo que me interesa explorar en Casa Raíz. Es un espacio grupal en Barcelona donde trabajamos con el cuerpo, el arte, el juego y la conversación. Nos movemos, nos detenemos, probamos cosas con otras personas y después ponemos palabras a lo que ha ocurrido. No todo lo que vivimos allí tiene que ser profundo; a veces uno se ríe, disfruta y ya está. Pero me importa que podamos llevarnos algo más que una idea bonita: alguna posibilidad nueva para la vida de fuera.
Hay una edición semanal en Espai Philae, que empieza el 6 de octubre, y una edición mensual de siete sábados, a partir del 14 de noviembre. Puedes conocer ambas aquí: Casa Raíz.

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