Entre Lebowski y yo

Una parte de mí -que yo llamo mi Lebowski (El Nota)– se pelea con la parte que le gusta escribir estos newsletters, la que yo llamo… Aleix, sin más.
L: ¿Es necesario? ¿Para qué estos textos? – pregunta mi Lebowski, dejándose caer en un sillón imaginario.
A: Porque son lo único que me conecta conmigo mismo cuando no sé qué más hacer.
L: ¿Lo ves? Drama de manual. Reconócelo: escribes porque quieres que alguien te aplauda.
A: ¿Y si así fuera? ¿Qué tiene de malo querer sentirme visto, aunque sea un rato?
L: Deja de intentar justificarlo todo. Pareces un mal anuncio de terapia.
A: No justifico nada, solamente soy consecuente con algo tan humano como el querer validación externa. Nada exagerado, diría.
Aleix se queda pensativo, mirando a los ojos a Lebowsky, para decir finalmente:
A: ¿Quizás tu pasotismo e inconformismo venga motivado por el miedo a ser rechazado si te muestras?
L: ¿Rechazado? Nah, yo ya pasé de esa mierda hace años. El problema lo tienes tú, que aún te crees que exponerte sirve de algo.
A: O quizá es que prefieres ese pasotismo porque te da una excusa para no intentarlo del todo. (Pausa). Porque si lo intentas, ¿y si fracasaras?
Lebowski lo fulmina con la mirada, pero no responde. Aleix respira hondo. Lebowski se ríe para sí, satisfecho, como si hubiese ganado la discusión. Pero no hay victorias aquí. Solo estas tensiones inevitables que me atraviesan y que trato de aceptar, aunque duelan.
Mi lado Lebowski es una parte de mi bastante punky que le repatea tener que hacer lo que toca hacer. Es un sistema que me lleva a funcionar contradictoriamente con la vida. Es como un sistema que me asegura no acabar preso de modas, presupuestos y patrones sociales y personales.
Por supuesto, soy esclavo de todo tipo de aprendizajes que no he conseguido a día de hoy flexibilizar para poder comportarme de formas más diversas. Es decir, mi ignorancia, dolor y miedos me hacen responder de forma repetitiva. Por ejemplo, aunque mi duelo por mi relación siento que se encuentra en otra nueva fase, se me hace difícil fluir con el vacío y la experiencia cruda y dolorosa de haber sido rechazado, de que me hayan dejado.
El vacío

El vacío no entiende de fases. No es una escalera que subes y dejas atrás; es un agujero que te acompaña, que se instala en tu pecho como un huésped silencioso. Lo único que cambia es cómo me relaciono con él. Ahora puedo sentarme al borde, asomarme y observar su profundidad sin sentir que me va a tragar entero. Y así, sigo haciendo mi vida.
Mi orgullo e inseguridades intentaron tapar ese vacío con todo tipo estratagemas poco útiles a largo plazo, como pensar hostilmente que “ella se lo pierde o se equivoca” o evadirme con distracciones decadentes como drogas, porno o leer a Paulo Coelho. Por poco no me apunto a clases de bachata pero, honestamente, habría sido demasiada oscuridad incluso para mí.
Pero no, no escapo, ni intento “solucionar” todo este dolor. Hago mi vida mientras me acompaña, sin alimentarlo. Dejándomelo sentir por momentos. Y estoy mucho mejor… Ahora lo que me hace llorar ya no es que me dejara, ni siquiera el orgullo herido. Es decir en voz alta cuánto la amaba. Me desmorono cada vez que lo hago. Y sé que esto, este punto exacto de vulnerabilidad, siempre será así.
En fin, hoy la newsletter será cortita, porque escribir más sería forzado. A veces, aceptar el vacío también significa saber cuándo parar.

Deja una respuesta