Pensar con el culo
Hablar con pedos
Me considero un defensor fanático del pensar bien.
— ¿Y tú sabes pensar bien, oh mi señor?
— Bueno, hay unas reglas, unos principios, unos métodos, investigaciones…
— No sé… ¿Y pensar bien para qué?
— Para sentir y hacer bien.
— ¿Y qué más?
— ¿Te parece poco? Para beneficiarnos de todas sus incontables ventajas: sentir el profundo asombro al comprender este maravilloso mundo, tomar mejores decisiones, resolver mejor algunos tipos de problemas, no estar equivocados, oler bien.
— ¿Oler bien?
Pensamos como el culo y, en consecuencia, hablamos con flatulencias.
Lo malo es que nos gusta el olor de nuestros pedos y así relativizamos lo cochinos que somos y la basura de pensamientos que tenemos y comunicamos.
Esto puede observarse (olerse) en un entorno como internet, donde todo el mundo tiene la posibilidad de decir sus mierdas. Es especialmente palpable esa humanidad. Era esperable su olor fétido.
En tanto a la pretensión de la verdad (explicar la realidad común), es inútil entrar en ciertos debates pues la razón, la evidencia y la verdad no serán las protagonistas. Sin embargo, esto no implica que debamos rendirnos.
Aunque por afinidad nos gustarán las mierdas que resuenen con las nuestras, creo que hay maneras de pensar bien (de forma objetiva, lógica y basada en la experiencia) y es reflexionando sobre las muchas maneras de sesgar nuestro pensamiento.
Antes de continuar: me caigo tremendamente mal cuando hablo así (tan bueno/malo, tan vertical).
Dejaremos para otra ocasión el valor que tiene el pensamiento subjetivo pues la metáfora, la vivencia, el relato, el verso y el símbolo, forman parte de forma esencial del conocimiento y arte humano.
Conduciendo la mente

Imaginemos que estamos al volante de nuestro automóvil, con un tablero de control que ilumina (con luces y señales) los aspectos mecánicos que necesitan atención.
En nuestro automóvil, estas señales son claras: un problema en el motor, la necesidad de combustible o lo que sea. Nos preocupamos por ellas porque entendemos las consecuencias directas: un error en la mecánica del coche (o en la conducción) puede llevarnos a un accidente.
Sin embargo, en el viaje del pensar, en la travesía del pensamiento, en el caminar del logos, vamos a la deriva o bien somos unos kamikazes.
Cuando conducimos queremos conducir correctamente y con el coche en perfecto estado. Entendemos por qué es deseable conducir bien… pero parece que en el pensamiento hemos desconectado el tablero de señales o, peor aún, desconocemos la existencia de un tablero con indicadores de la calidad de nuestro pensar. No tenemos demasiado interés en hacer prácticas de circulación por la calles de la lógica, la consulta de fuentes fiables, el estudio paciente y la formación previa para poder acceder a conocimiento de calidad.
Por lo tanto, en comparación a la conducción, no prestamos la misma atención a los -inevitables y humanos- errores de pensamiento, a esos sesgos y fallas en nuestro juicio que pueden llevarnos a conclusiones erróneas, a decisiones desacertadas, a creer en medias verdades o en lo absurdo.
Por qué pensamos tan mal

¿Y por qué sucede esto? ¿Qué diferencia relevante habría entre el pensar y el conducir? ¿Por qué pensamos mal pero conducimos bien?
Pereza y no saber por dónde empezar. Pensar es una acción mucho más compleja y menos visible.
Raramente somos largoplazistas. A diferencia de las consecuencias inmediatas y evidentes de un error al conducir, las repercusiones de un pensamiento erróneo no son siempre claras o inmediatas.
Todo el mundo piensa así. Hay un elemento de normalización cultural: ciertos errores se han integrado tanto en nuestro día a día que apenas los notamos.
A esto se suman nuestros propios sesgos y una cierta resistencia al cambio, que nos hacen menos receptivos a reconocer y corregir estos errores.
Casi que podemos decir que lo normal es pensar mal, que la excepción es pensar bien.
A mí esto me consuela, como buen tonto.
Sigamos reflexionando.
Ha nacido una estrella

Al igual que un músico afina cuidadosamente su instrumento antes de un concierto para garantizar la armonía perfecta, ¿no deberíamos nosotros «afinar» nuestro pensamiento? Además, el uso correcto del instrumento no solamente depende de una buena afinación sino del aprendizaje de una teoría musical y mucha práctica.
Pues lo mismo con el pensamiento.
Y no, haciendo scrolling infinito por Instagram no vas a entrenar un carajo. Es como ir al gimnasio a comer bollos. Vas mal.
Quisiera que estos newsletters, además de ser un canal de expresión artística, libre e íntima, fueran a veces un entrenamiento en el cuestionamiento, la reflexión y la flexibilización del pensamiento. Inevitablemente seré antipático por momentos pues nos gusta la crítica y el humor hasta que nos tocan los cojones -u ovarios- con lo que nos identificamos.
Sesgo de confirmación

Por ejemplo, a uno de mis mejores amigos le incomoda leer críticas contra la validez del enfoque psicológico que él practica.
Este enfoque psicológico lo ama, siente que lo valida con cada consulta, le inspira, le une a muchas personas que quiere, le es útil a muchos niveles, le da cierta reputación y le permite ganarse la vida.
Son muchos factores importantes que hacen que cualquier crítica hacia ella le suponga un ataque profundamente personal.
¿Es mi amigo capaz de pensar esas críticas con objetividad y rigor? ¿Estará abierto a cambiar sus opiniones ante argumentos contundentes? Como humano altamente motivado en sus intereses ¿resolverá cualquier conflicto de intereses, contradicción o duda que le surja asumiendo donde no tiene razón o bien relativizará (menospreciará) la calidad y alcance de esas críticas?
Conozco bien a esta persona y es excepcionalmente abierto a la crítica pero reconozco que tiene serios límites en su apertura.
El ejemplo de mi amigo psicólogo demuestra que nuestras circunstancias (materiales, sociales, familiares…) controlan fuertemente nuestro pensamiento.
Pero también lo hacen nuestras emociones (las cuales vienen ampliamente determinadas por nuestra relación con el contexto).
Un poco de science, bitches

Estos gráficos pertenecen a un estudio (Kaplan, 2016) en el que se usaron neuroimágenes (una técnica para ver qué partes del cerebro se activan) y ello con personas de tendencia política liberal. Cuando sus creencias políticas eran cuestionadas, ciertas áreas de su cerebro (DMN) asociadas con pensar en uno mismo y desconectarse del entorno se activaban más. Digamos que el afuera perdía valor y lo de dentro aumentaba.
Si se resistían a cambiar de opinión, una parte del cerebro involucrada en el razonamiento (corteza prefrontal dorsomedial) aumentaba su actividad, y otra relacionada con la valoración y toma de decisiones (corteza orbitofrontal) disminuía. Curiosamente, los que eran más abiertos a cambiar mostraban menos actividad en áreas del cerebro vinculadas a las emociones (ínsula y la amígdala).
La tesis de que las emociones influyen en el pensamiento es algo tan viejo como la filosofía. Hay muchos estudios que abordan esto, por ejemplo sobre cómo emociones específicas, como el miedo y la ira, influyen diferencialmente en el juicio y la toma de decisiones (Lerner y Keltner, 2000).
Y es que, la mayoría de veces, los humanos no queremos tener razón por la verdad (u otro valor abstracto loablemente ético) sino por la seguridad y comodidad emocional (Hart, 2009; Rynes, 2018).
Y por orgullo: cambiar nuestras convicciones supondría cambiar quiénes somos. A menudo ignoramos pruebas que no encajan con lo que creemos firmemente, como en el estudio de Kaplan.
Cambiar nuestras convicciones también supondría cambiar con quién nos relacionamos (y con quien normalmente compartimos creencias). Alguna vez he hablado en mi Instagram de los estudios de Asch y cómo la presión del grupo o la necesidad de pertenencia al grupo nos hacen pensar incluso en contra del sentido común. Y valga la paradoja pues esta ruptura con el sentido común es lo que puede hacernos sentir en conexión comunitaria. En tanto animales sociales podemos ser borregos y hay que ser un lobo solitario para poder romper con las expectativas de los que nos observan.
Yo mismo tengo miedo con lo que digo por aquí.
En la newsletter anterior os compartía que me considero una persona suficientemente autónoma como para ser yo mismo a pesar del miedo al rechazo. Pero eso no significa que no sienta un profundo malestar por el rechazo. Sencillamente mi autonomía parecería más poderosa.
La lucha y tensión interna siempre están y estarán ahí. Como para todos, la vida requiere del equilibrio del funambulista sobre un abismo de dilemas y tensión entre necesidades, un equilibrio entre una sana flexibilidad mental (y buenos hábitos) que nos haga pensar bien y las muchas necesidades que nos hacen formar parte de un clan, tener una buena opinión de nuestra inteligencia, vivir tranquilos y tener la seguridad de estar en lo cierto.
Para terminar

Muchos de los temas tratados hoy los iré tratando de vez en cuando en estas newsletters.
Sobre todo no olvidemos que pensamos mal porque somos humanos. Reconocer nuestras limitaciones y sesgos no es un signo de debilidad, sino un acto de valentía y honestidad. Así como el artista encuentra belleza en la imperfección, podemos encontrar sabiduría en el reconocimiento de nuestras fallas.
Aceptemos, pues, este desafío: pensar no sólo con mayor competencia, sino también con mayor humildad y compasión, recordando que en cada pensamiento erróneo hay una oportunidad para conectar más profundamente con nuestra humanidad subjetiva compartida.
Besos y abrazos.

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