¿Por qué nos cuesta tanto estar tranquilos?

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5–7 minutos

La calma no tiene por qué equivaler a vacío, aburrimiento o insignificancia.

Empiezo este texto con un vídeo de unos cinco minutos sobre algo que llevo tiempo observando en mí: mi dificultad para sostener una vida que no esté pasando constantemente por algún lugar intenso, profundo, creativo, desafiante o extraordinario.

¿Puede bastar una vida en la que no esté pasando nada extraordinario?

Esta es una pregunta bastante incómoda para mí:

¿Puedo sentir que esto basta sin añadir algo más?

Una tarde con mi hija. Cocinar. Leer unas páginas. Pasear. Hablar con alguien de cosas sin demasiada trascendencia. Sentarme delante del mar sin aprovechar el momento para entender la existencia.

Porque lo cierto es que tengo cierta dificultad para eso. Para mí suele ser fácil hacerlo si lo tomo como oasis o descanso entre travesías desérticas. Incluso estando de vacaciones en una playa paradisíaca parece que tengo que estar haciendo algo. No basta con estar tumbado escuchando el mar. Puedo acabar construyendo un castillo de arena con túneles, murallas y una torre hecha con una tonelada de arena. O intentando surfear las olas más bravas utilizando mi cuerpo como tabla. O leyendo algún artículo, ensayo o libro sesudo mientras los demás simplemente… están.

Y ojo: me gusta.

Ni quiero patologizar mi entusiasmo ni convertirme ahora en un monje zen que contempla durante ocho horas una piedra.

La intensidad también soy yo. Ya lo he hablado en varios artículos.

Me gusta crear. Pensar. Investigar. Hacer proyectos. Aprender cosas difíciles. Experimentar. Jugar. Probar mis límites. Construir castillos de arena absurdamente grandes. Bailar. Actuar. Entrar en conversaciones que terminan hablando de Dios, del narcisismo, de la muerte o de por qué existen las cosas en vez de no existir nada.

No quiero dejar de ser así.

Pero sí quiero poder preguntarme qué función cumple toda esa intensidad.

Cuando hacer cosas grandes sirve para no sentirse pequeño

Hay una hipótesis sobre mí que últimamente me resulta interesante.

Quizás una parte de mi necesidad de hacer cosas grandes tenga que ver con una sensación mucho más pequeña. La sensación de que, si no hago algo especial, quizá yo tampoco sea especialmente valioso.

No sé exactamente de dónde viene.

Siento que dentro de mi familia fui bastante invisible durante determinadas etapas. Quizás aprendí que para ser visto tenía que destacar. Quizás no fue exactamente así. Quizás simplemente crecí con una personalidad tremendamente curiosa, competitiva y abierta a la experiencia.

O quizá tuvo algo que ver con las historias que me fascinaron cuando era pequeño.

Historias épicas. Transformaciones. Héroes. Personajes que descubrían dentro de ellos un poder que nadie imaginaba.

Dragon Ball fue una de ellas.

De heeeeeeecho, casualmenteeeee…. recientemente he publicado la segunda parte de mi análisis filosófico, psicológico y esotérico de la serie: puedes leerlo aquí.

Creo que aquellas historias alimentaron algo que ya estaba dentro de mí: la fantasía de trascender lo ordinario. Ser el más fuerte. Saber más que nadie. Crear algo enorme resistente al olvido del paso del tiempo. Sorprender y no poder cerrar la boca. Transformarme.

Y quizá aquí existe una oscilación curiosa que conozco bastante bien: de la pequeñez a la grandeza y de la grandeza otra vez a la pequeñez.

A veces la grandiosidad no nace de sentirse enorme.

Puede nacer precisamente de intentar compensar la sensación contraria.

“Si hago algo extraordinario, quizá quede demostrado que yo también lo soy.”

Y el problema no está en hacer algo extraordinario.

El problema empieza cuando necesitas que ocurra para sentir que eres suficiente

La intensidad como forma de regulación

Creo que esto va bastante más allá del narcisismo.

La intensidad también regula.

Cuando estoy creando algo, aprendiendo algo complejo, iniciando un proyecto, enamorado de una idea o viviendo una experiencia corporal muy potente, mi organismo sabe perfectamente qué hacer.

Ahí hay dirección, mis entrañas, estoy superestimulado, con propósito. Quizás un poco sobrepasado de dopamina, pero con curiosidad, esfuerzo, recompensa.. y con suficiente dificultad para que el proceso sea un reto

En estos casos hay algo que conquistar.

Lo complicado aparece cuando no hay nada que conquistar… Cuando solamente hay silencio y nadie necesita que produzcas nada. Cuando no eres (soy) profesor, terapeuta, creador, alumno brillante, organizador ni persona especialmente interesante.

Cuando simplemente eres alguien sentado en una silla.

Ahí aparece otra clase de entrenamiento.

Mi hija, el duelo y el descubrimiento de la impotencia

Simplificando, hay dos experiencias que han contribuido especialmente a modificar mi relación con todo esto.

Una es mi hija.

Con una criatura muchas veces no puedes convertir la vida en una gran teoría. Hay que merendar. Hay que esperar. Hay que caminar más despacio. Hay que repetir algo por séptima vez. Hay que jugar.

Y existe algo profundamente terapéutico en una actividad que no necesita conducir a ninguna parte.

La otra experiencia ha sido el duelo.

Creo que una de las grandes lecciones de mi ruptura fue descubrir de una manera bastante brutal que podía hacer muchas cosas y, aun así, no podía controlar aquello que más quería controlar.

Podía pensar mejor, hablar, ir a terapia, intentar comprender, cambiar cositas, buscar explicaciones en libros. Pero había una realidad fundamental que no dependía solamente de mí. Y aquello me puso en contacto con algo que mi sistema conoce peor: la impotencia y el vacío.

Hiciera lo que hiciera, había una parte de la experiencia que tenía que vivir. No podía solucionar la ruptura y luego el duelo.

Tenía que atravesarlo. Sentirlo.

Esperar.

Dejar que mi cuerpo fuera comprendiendo lentamente algo que mi cabeza ya sabía.

Quizá por eso una de las cosas que más estoy entrenando como psicólogo es precisamente sostener sin intervenir inmediatamente.

No porque intervenir sea malo. Sino porque no todo lo que duele es un problema que requiere solución.

Casa Raíz: experimentar más vida

Esta forma de entender el cambio también está influyendo cada vez más en Casa Raíz.

Actualmente existe la versión semanal dentro de Espai Philae, los martes de 17:30 a 19:30 desde octubre hasta diciembre: Laboratorio de Expresión.

Y, además, estoy preparando una nueva etapa.

A partir de noviembre y hasta mayo incluido habrá un Casa Raíz intensivo un sábado al mes.

Podrá vivirse como una experiencia puntual o como un recorrido continuado.

Estoy todavía cerrando fechas y estructura, así que pronto anunciaré el programa definitivo. La información que aparece actualmente en la página será actualizada.

La información irá apareciendo aquí: sercontigo.com/casaraiz.

Quiero construir experiencias donde podamos sentir, experimentar, crear, jugar, expresarnos, relacionarnos y descubrir repertorios nuevos.

Algunas sesiones serán intensas. Otras quizás no. Y eso también forma parte de mi propio aprendizaje como facilitador. No necesitar que cada encuentro sea extraordinario. No necesitar demostrar constantemente que está ocurriendo algo muy profundo.

Confiar también en los procesos pequeños. En una mirada. En un silencio. En descubrir que hoy puedes hacer algo que hace seis meses parecía imposible.


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