Mis escritos no tienen una línea editorial sencilla y clara. Ni una frecuencia o calendario establecido. Mi equipo de marketing (invisible y con olor a nubes de azúcar de colores) se estira de los pelos cada vez que publico.
– Aleix, así no serás nunca un verdadero influencer.
Es muy duro que te digan estas cosas. Así, de sopetón.
Reconozco que las temáticas son muy variadas y extrañas…
Además, como novedad, ahora este blog contiene las 354 entradas del blog que llevo escribiendo desde que empecé a tener internet como adolescente: Transformando el Infierno. Hay mucha cosa personal, pero sobre todo sobre psicología, filosofía, ciencia, espiritualidad, lingüística y arte. En realidad ni sé yo lo que hay (ay, mi madre). Así pues, ahora están fusionados el presente y el pasado (y durante un tiempo es fácil que en la web haya pequeños errores que iré subsanando) y me hace muuuuucha ilusión. Me siento como el monstruo de Dragon Ball Z, Célula, integrando a A-17 y A-18. Ya me siento completo jajaja
También quiero que estos correos tengan una intimidad no pornográfica, una vulnerabilidad donde me desnudo. Un lugar donde publicar sin pensar demasiado si es un acierto o un error. Para mi orgullo, mostrar equivocaciones, sobre todo errores morales, es todo un tema. Quiero que este sea un lugar donde intento no fingir ni seguir fórmulas pragmáticas. Me la suda, conectemos con la locura que es esta vida. Me ayuda a sentirme cuerdo. Así pues, aquí voy a meter mi arte, mi ciencia y mi puto pensamiento sin restricciones.
—Aleix ha dicho «puto», qué malote.
Esto lo entenderéis más adelante, pero si voy a pedir a otras personas que pongan en peligro sus certezas, lo mínimo será empezar por las mías.
1. Confesionario mundano de daños relacionales

En los últimos meses me he permitido sentir la culpa y la vergüenza por comportamientos recientes sin ponerme tanto a la defensiva. Voy a confesar mis errores sin abogados. Y sin culpa trascendente pues la humana ya pesa. No son pecados. Es un daño relacional del que espero aprender y que intento reparar si no es demasiado tarde.
Siento culpa por mi torpeza relacional en determinados actos, generalmente no comunicarme de forma emocionalmente responsable; luego, siento vergüenza al pensar que no soy una persona tan valiente emocionalmente… el miedo al conflicto me ha motivado a callar, evitar, incluso relativizar la importancia de tener ciertas conversaciones.
Sí, lamentablemente he tenido varios momentos en los que se han enfadado conmigo por no decir algo, por callármelo.
He sido un verdadero miedica.
Una herida causada por mi torpeza probablemente sea algo así: «Aleix, ¿por qué no confiaste en decírmelo? Sabías que esto era importante para mí».
Desde entonces intento ser más valiente, tomar la sinceridad y responsabilidad afectiva como valores que voy interiorizando a mi ritmo.
Es todo un temazo cómo gestionamos que otros se disgusten por nosotros en algún sentido personal.
De todos modos, a veces puede ser emocionalmente inteligente ocultar o mentir para evitar conflictos de consecuencias desproporcionadas, cuando nuestras palabras tocan viejas heridas o, simplemente, rajan el alma.
Así pues, son semanas de mucho aprendizaje acerca de mi forma de relacionarme y cuidar al otro. También he revisado con bastante vergüenza cómo cuidé a la madre de mi hija cuando nació nuestra pequeñaja. Yo seguí defendiendo mis proyectos y mi individualidad mientras asumía con demasiada naturalidad que ella podía renunciar mucho más. Que yo aportase entonces una parte importante del sostén material no convertía esa asimetría en justa. Había algo social y estructural, sí, pero también decisiones mías: poca tolerancia al aburrimiento, al agotamiento y a sentir que mi vida se estrechaba. Entender el contexto me ayuda a no convertirme en un monstruo retrospectivo. Pero tampoco me absuelve. Ni ganas. Esto tampoco es la Inquisición. El reino de la moral es poderoso si reina desde la consciencia pero aborrega y corrompe la libertad cuando proviene de fuera.
Me ha quedado muy sentencioso… Puto flipado. Me peleo mucho con la grandilocuencia últimamente. Tiene algo egocéntrico que me hace perder la realidad multicéntrica.
De hecho, pensándolo mejor, la moral impuesta desde fuera también está bien pues es una forma de regulación social necesaria para una especie tan egoísta en ciertas condiciones.
Por último, tengo otra confesión sobre mis recientes torpezas relacionales. Específicamente, me ha sucedido como profesor con alumnos y como psicólogo con consultantes. Sí, también me he descubierto torpe. Incluso una alumna me señaló por email con mucha agudeza el origen emocional de lo que gatilló una intervención torpe y potencialmente iatrogénica: llevo mal no mostrarme brillante intelectualmente. Y la lío parda, a veces. A veces, a veces. Quiero pensar que, cada vez menos, me desconecto de la persona que tengo delante por mis inseguridades.
A veces en consulta me encuentro con alguien a quien le urge desahogarse, pero no, yo ni me entero, pues he preparado una fantástica devolución intelectual sobre lo que entiendo de su caso. Porque toca (y porque es zona de confort para mí). Y no veo lo que está delante de mis ojos. O dejo de ocuparme de estar siendo comprendido, por ejemplo no hago preguntas cada pocas frases (para entender, negociar y acordar) y caigo en el monólogo y la imposición de una narrativa.
En fin, sigo aprendiendo. Me enrollo. Aunque todo esto sigue estando muy simplificado.
2. El tema de hoy: flipando con la desconfianza hacia el poder
La cuestión es que hoy quería hablar de un tema que me cabrea.
Suelo recibir comentarios ofensivos en redes sociales (qué dura es la vida) que me hacen sentir atacado y por momentos despiertan en mí cierta beligerancia en nombre de la verdad (sí, la verdad, temazo). Intento ignorarlos, pero realmente me llama mucho la atención la agresividad de un grupo de personas que insulta la inteligencia de nuestra especie.
Bueno. Diciendo estas cosas me siento culpable. Me siento como un racista diciendo tener amigos negros. Pero sí, tengo amigos dentro de este grupo de gentuza jajaja. Y no, no siento que insulten ninguna inteligencia.
De verdad.
Bueno, no, a veces sí lo pienso.
Pero no lo siento.
Es un poco contradictorio, pero al final no podemos reducir a una persona a su ideología, su género o el color de su piel sin incurrir en un reduccionismo que revela una idea muy pobre del ser humano.
Pues eso. Hoy quiero hablar de quienes desconfían sistemáticamente de las instituciones de poder o, dicho despectivamente, de los «conspiranoicos». O una forma más neutral, y que prefiero, sería hablar de personas convencidas de determinadas teorías de la conspiración por un exceso de desconfianza en el ser humano en posiciones de poder.
3. La teoría que nunca puede perder

Como decía, hay una forma de pensar que a mí me preocupa bastante. Es recurrente en entornos públicos digitales, aunque también presenciales. Parece muy crítica porque cuestiona constantemente el poder, pero acaba construyendo una teoría incapaz de perder. Esta minoría parece orgullosa de estar en posesión de la verdad absoluta y suele despreciar a quienes piensan de forma diferente, como si fueran cómplices de un plan maligno o simplemente fueran borregos o marionetas. Puede parecer una forma de pensar muy despierta, pero tiene una trampa: siempre encuentra pruebas de que «los que están en el poder» son malos.
Lo que me preocupa no es la desconfianza hacia el poder (yo también desconfío), sino cómo se construye esa desconfianza. Quienes me conocéis sabéis cuánto me interesa la epistemología, la rama de la filosofía que se ocupa de cómo llegamos a conocer algo. Dependiendo del proceso o camino que sigamos, llegaremos a cierto tipo de conclusiones. Y, del mismo modo que no todos los conocimientos son igualmente válidos, tampoco todos los caminos ofrecen las mismas garantías.
Pues eso. Al lío.
4. La desconfianza no es un defecto intelectual

Todo lo contrario. Es necesaria. Permite ir a lo profundo, lo oculto, lo prohibido… En el caso que analizo hoy, las instituciones están formadas por seres humanos, y los seres humanos pueden mentir, proteger intereses, equivocarse, encubrir errores, dejarse llevar por incentivos perversos, competir por estatus, actuar con cobardía o cometer auténticas barbaridades. La existencia de conspiraciones reales tampoco está en discusión. El problema aparece cuando pasamos de «sé que algunas personas poderosas pueden conspirar» a «ante algo que no entiendo, una conspiración de personas poderosas es mi explicación preferente». Ahí ya hemos añadido una premisa que necesita una demostración que vaya más allá de un impulso emocional, de una afirmación categórica que parece convencer mucho o de pruebas que no superarían ni el control más laxo que se exige en un debate serio.
La trampa de razonamiento, a mi juicio, sería algo así: «Hay gente corrupta en el poder. Incluso puede haber más rasgos psicopáticos que en otros contextos. Por tanto, si una institución hace algo que me parece extraño, probablemente haya una intención oscura detrás». Sobre lo de la psicopatía conviene, además, no convertir un dato llamativo en una ley universal. Babiak, Neumann y Hare estudiaron una muestra muy concreta de 203 profesionales corporativos y encontraron una proporción elevada de puntuaciones compatibles con psicopatía respecto a lo esperable en población general, pero eso está muy lejos de justificar cifras del 20 o 30 % aplicadas alegremente a «la gente que está en el poder», y muchísimo más lejos todavía de permitir diagnosticar a políticos, científicos o funcionarios desde el sofá (Babiak et al., 2010). [1]
Y aquí es donde yo me desmarco…
Porque una cosa es aumentar la sospecha y otra convertir la sospecha en explicación definitiva. Puede haber corrupción, intereses económicos, negligencia, incompetencia, luchas de poder, incentivos institucionales, miedo a perder prestigio, obediencia, pensamiento grupal, errores colectivos, información incompleta, decisiones moralmente cuestionables, casualidad y, por supuesto, conspiraciones. La cuestión no es cuál de esas explicaciones me resulta emocionalmente más satisfactoria, sino cuál explica mejor los datos disponibles.
El problema de pensar «ellos son malos» es que puede convertirse en una teoría perfecta:
- si hacen algo malo, eso confirma que son malos;
- si hacen algo bueno, seguramente ocultan algo;
- si reconocen un error, es la prueba de que llevan años mintiendo;
- si no lo reconocen, es que lo están encubriendo;
- si publican documentos, estarán manipulados;
- si faltan documentos, los han destruido;
- si un experto está de acuerdo con la institución, está comprado;
- si está en desacuerdo, por fin ha aparecido «uno que se atreve a hablar»;
- y si no encuentro pruebas, siempre queda la maravillosa carta epistemológica del «precisamente porque lo han ocultado muy bien».
Con esta forma de pensar no hace falta inventarse los hechos para llegar a ninguna conclusión. Basta con conceder un significado conspirativo especial a cada hecho que aparece. La investigación psicológica sobre las creencias conspirativas ha descrito precisamente esta capacidad de algunas explicaciones para protegerse frente a la evidencia contraria, porque esa evidencia puede reinterpretarse como parte de la propia conspiración (Douglas et al., 2017). Incluso un trabajo especialmente curioso encontró que la adhesión a algunas explicaciones conspirativas incompatibles entre sí estaba positivamente relacionada (por ejemplo, considerar plausible que Diana de Gales hubiese fingido su muerte y considerar plausible que hubiese sido asesinada). La interpretación de los autores no era que todo creyente sostuviera literalmente dos cosas imposibles a la vez, sino que podía existir una creencia de orden superior que organizase las demás: «la versión oficial no es de fiar» (Wood et al., 2012). [2]
Esta forma de analizar y juzgar empieza a parecerse menos a un detector de mentiras y más a un detector de metales que pita incluso cuando lo acercas a un bocadillo. El problema no es que nunca encuentre metal. Algún día lo encontrará. El problema es que, si pita siempre, deja de servir para distinguir cuándo lo hay.
5. Nuestro cerebro no busca la verdad como un árbitro neutral

Aquí entra uno de los fenómenos más conocidos de la psicología cognitiva: el sesgo de confirmación. La expresión se ha utilizado para describir distintas tendencias relacionadas, pero la idea central es que solemos buscar, seleccionar, interpretar o recordar información de maneras que favorecen hipótesis que ya consideramos plausibles (Nickerson, 1998). No significa que seamos incapaces de razonar ni que todo razonamiento sea sesgado. Significa algo más incómodo: que tener pruebas delante de los ojos no garantiza que las estemos evaluando con el mismo criterio. [3]
Sobre ello he hablado mil veces. Esta historia científica y el caso de los Guardianes me maravillan:
Taber y Lodge observaron algo especialmente relevante en cuestiones ideológicas: al presentar argumentos favorables y contrarios a posiciones políticas, las personas tendían a evaluar como más convincentes los argumentos compatibles con sus posiciones previas y a escrutar con mayor severidad los incompatibles. Lo llamaron «escepticismo motivado» (Taber & Lodge, 2006). Es una expresión magnífica porque captura algo que todos hacemos y que suele pasar por pensamiento crítico: a mi evidencia le pregunto «¿qué demuestra?» y a la tuya le pregunto «¿pero quién financió este estudio, cuál era el tamaño muestral, qué desayunó el investigador y qué sabemos realmente de su cuñado?». [4]
Por eso acumular ejemplos compatibles con una idea no basta para demostrarla. Supongamos que alguien cree que las estelas de los aviones son fumigaciones secretas. Mira al cielo, encuentra una estela y piensa: «ahí está la prueba». Pero lógicamente falta algo importante. Que una fumigación secreta pudiera producir una estela no significa que toda estela sea una fumigación secreta. Las estelas de condensación normales también predicen exactamente la observación que acabamos de hacer. En términos simples, una evidencia es realmente potente cuando resulta mucho más esperable si mi hipótesis es cierta que si son ciertas sus alternativas. Que aparezca agua en el suelo puede confirmar que ha llovido, pero pierde bastante fuerza probatoria cuando descubres que al lado hay un señor regando las petunias.
Por eso la pregunta intelectualmente útil no es solo «¿qué pruebas apoyan mi teoría?». También hay que preguntarse «¿qué observación sería difícil de explicar si mi teoría fuese cierta?», «¿qué predice mejor la hipótesis alternativa?», «¿estoy aplicando el mismo estándar a las pruebas favorables y desfavorables?» y, posiblemente, la pregunta más importante de todas: «¿qué tendría que ocurrir para que yo admitiera que estoy equivocado?».
Si la respuesta sincera es «nada», hemos dejado de investigar.
6. Miedo, identidad, pertenencia y la necesidad de que el mundo tenga sentido

Pensar no es una actividad puramente lógica. Nuestro juicio ocurre dentro de un cerebro con emociones, relaciones sociales, experiencias previas, necesidades y una identidad que proteger. La literatura sobre conspiracionismo suele agrupar parte de estas motivaciones en tres grandes familias: necesidades epistémicas (queremos entender qué está ocurriendo), existenciales (queremos sentir control y seguridad) y sociales (queremos preservar una imagen valiosa de nosotros mismos y de nuestros grupos) (Douglas et al., 2017). Ninguna de ellas convierte automáticamente a nadie en conspiracionista y ninguna demuestra que una creencia concreta sea falsa. Lo importante es comprender que una explicación puede atraernos por razones distintas de su calidad probatoria. [5]
La incertidumbre es psicológicamente incómoda. El miedo y la ansiedad tampoco son simples interferencias que podamos apagar mientras pensamos. Décadas de investigación muestran que las emociones pueden modificar de forma predecible nuestra percepción del riesgo, nuestras decisiones y la manera en que procesamos información (Lerner et al., 2015). Algunos estudios han relacionado además la incertidumbre, el estrés, la sensación de falta de control y la búsqueda de patrones con una mayor receptividad hacia explicaciones conspirativas, aunque aquí conviene conservar exactamente la cautela que estoy defendiendo: las asociaciones psicológicas son probabilísticas, no diagnósticos individuales, y no todos los efectos experimentales sobre pérdida de control se han replicado de igual manera (Whitson & Galinsky, 2008; Douglas et al., 2017). [6]
Tiene cierto sentido psicológico. Una realidad donde millones de acontecimientos son consecuencia de sistemas enormes, decisiones parcialmente independientes, burocracia, casualidad, incompetencia y efectos emergentes puede resultar terriblemente insatisfactoria. A veces una conspiración ofrece algo que el caos no ofrece: un agente. Alguien quería que sucediese. Alguien controla el tablero. Alguien une los puntos. Paradójicamente, un mundo dominado por villanos puede resultar cognitivamente más soportable que un mundo donde algunas cosas horribles ocurren porque nadie controla realmente todas las piezas. La percepción ilusoria de patrones también se ha asociado experimentalmente con creencias conspirativas y sobrenaturales (van Prooijen et al., 2018; Whitson & Galinsky, 2008). [7]
Después está la disonancia cognitiva. Cuando hemos invertido tiempo, reputación, amistades y una parte de nuestra identidad en una idea, reconocer un error ya no consiste simplemente en modificar una proposición abstracta. Puede significar reconocer que compartimos información falsa durante años, que ridiculizamos injustamente a alguien, que nuestra comunidad estaba equivocada o que aquello que nos hacía sentir especialmente lúcidos quizá no era tan sólido. La teoría de la disonancia describe precisamente la tensión que surge ante cogniciones incompatibles y las distintas formas en que intentamos recuperar coherencia (Cooper, 2019). La teoría ha evolucionado y algunas de sus formulaciones y métodos han recibido críticas importantes, así que tampoco conviene usar «disonancia cognitiva» como hechizo explicativo para todo aquel que no nos dé la razón (Vaidis et al., 2019). [8]
Y luego está la pertenencia. No solo creemos cosas individualmente: las creemos con otros. Cialdini y Goldstein resumieron décadas de investigación mostrando hasta qué punto la influencia social se relaciona con tres necesidades humanas muy normales: comprender correctamente la realidad, mantener vínculos sociales y conservar una imagen positiva de nosotros mismos (Cialdini & Goldstein, 2004). También existe investigación que vincula la exclusión social con una mayor búsqueda de significado y, en determinadas condiciones experimentales, con pensamiento supersticioso o conspirativo (Graeupner & Coman, 2017). Las comunidades digitales pueden además favorecer entornos de exposición selectiva, aunque es importante no repetir la caricatura de que «los algoritmos nos encierran inevitablemente en burbujas»: la evidencia sobre cámaras de eco depende mucho de la plataforma, del comportamiento del usuario y del tema estudiado (Cinelli et al., 2021). [9]
Y aquí haría una advertencia sobre el famoso efecto Dunning-Kruger, precisamente porque utilizarlo mal sería una demostración bastante cómica del tema de este artículo. El estudio original de Kruger y Dunning (1999) sugería problemas de calibración metacognitiva entre participantes con bajo rendimiento, pero la versión popular de internet (esa montaña donde el ignorante llega inmediatamente a la «cima de la estupidez» y el sabio vive humildemente en un valle) no es una representación literal de aquel trabajo. Análisis posteriores han discutido cuánto del patrón clásico puede deberse a la regresión a la media y a propiedades estadísticas, y existe un debate científico activo sobre su magnitud e interpretación (Gignac & Zajenkowski, 2020; Dunkel et al., 2023). Así que no, «Dunning-Kruger» no debería significar «nombre científico para la persona que me cae mal y sabe menos que yo». [10]
7. NASA, la Tierra plana y los chemtrails como laboratorios de razonamiento

La desconfianza hacia la NASA es un ejemplo estupendo porque permite ver cómo una anomalía aparente puede transformarse inmediatamente en intención. Un reflejo extraño, una sombra que parece imposible, una bandera que «se mueve», una fotografía sin estrellas o una frase descontextualizada dejan de ser problemas técnicos que investigar y se convierten en pistas de un crimen cuyo culpable ya conocemos. En 2024, por ejemplo, circularon publicaciones que presentaban unas imágenes del alunizaje de 1969 publicadas en The Washington Post como prueba de fraude porque supuestamente no habría habido tiempo para revelar fotografías. La explicación era bastante menos cinematográfica: aquellas imágenes procedían de capturas de la transmisión televisiva en directo, no de fotografías que hubiesen tenido que viajar desde la Luna y pasar por un cuarto oscuro (Reuters, 2024). [11]
Esto no significa que debamos creer algo «porque lo dice la NASA». Sería sustituir un atajo mental por otro. Significa que una hipótesis como «los alunizajes fueron falsificados» debe competir con todo el conjunto de evidencia, no limitarse a explicar tres fotografías que nos parecen raras. Las misiones Apollo trajeron 2.196 muestras con unos 382 kilogramos de material lunar, que continúan siendo objeto de investigación científica, y la forma aproximadamente esferoidal de la Tierra tampoco depende de una fotografía de la NASA: la geodesia moderna mide su forma, gravedad y rotación mediante múltiples técnicas independientes (NASA, 2025; NASA Space Geodesy Project, s. f.). [12]
El terraplanismo muestra además cómo cambiar el estándar de evidencia puede blindar una creencia. Si una observación concuerda con la Tierra plana, cuenta. Si contradice la Tierra plana, puede atribuirse a lentes, CGI, manipulación, perspectiva, científicos comprados, agencias espaciales coordinadas o instrumentos diseñados sobre presupuestos heliocéntricos. El coste explicativo crece, pero la teoría sobrevive. Investigaciones sobre comunidades terraplanistas han descrito precisamente dinámicas de cámara de eco, identidad grupal y resistencia a la corrección, aunque sería simplista afirmar que todos llegan a esas creencias por el mismo camino psicológico (Diaz Ruiz & Nilsson, 2023). [13]
Los chemtrails constituyen quizá el ejemplo más limpio de la diferencia entre «esto me parece raro» y «sé por qué ocurre». Las estelas persistentes son reales. No hace falta negar lo que la gente ve. Las autoridades ambientales y aeronáuticas explican que las estelas de condensación se forman bajo determinadas condiciones de temperatura y humedad, pueden persistir y extenderse, y constituyen un objeto real de investigación atmosférica, incluso por su influencia climática (EPA, FAA y NOAA, 2025). En un estudio publicado en Environmental Research Letters, 76 de 77 especialistas consultados afirmaron no haber encontrado evidencia de un supuesto programa secreto de fumigación atmosférica a gran escala, y las fotografías y los análisis presentados habitualmente como «pruebas» podían explicarse mediante procesos físicos y químicos convencionales (Shearer et al., 2016). [14]
Lo interesante psicológicamente es que la existencia de una explicación alternativa no obliga a aceptarla, pero sí debería impedirnos presentar nuestra hipótesis favorita como si fuera la única posible. «Mira esa estela» es una observación. «Contiene sustancias para manipularnos» es una inferencia. Entre ambas frases hay un mundo entero de evidencia que todavía debemos recorrer.
8. El pensamiento crítico empieza cuando ponemos en peligro nuestra propia teoría

Para mí, pensar críticamente significa algo bastante más incómodo que desconfiar de instituciones: desconfiar también de mis propias sospechas. Comprender el comportamiento humano más allá de la simplicidad de buenos contra malos. Preguntarme qué otras explicaciones existen (incompetencia, incentivos económicos, sesgos, burocracia, presión social, miedo, reputación, intereses cruzados, errores de coordinación, limitaciones técnicas, azar, fraude individual, información incompleta y, sí, también una conspiración), qué evidencia necesitaría para cambiar de opinión y cuánto sé realmente.
Podemos convertirlo en una prueba muy sencilla. Imaginemos que creo que una institución está ocultando algo. Antes de seguir buscando vídeos que confirmen mi intuición, escribo qué observación concreta aumentaría mi confianza en la hipótesis y cuál la reduciría. Por ejemplo: «Si aparecieran documentos auténticos, verificables por fuentes independientes, que mostrasen instrucciones explícitas para ejecutar el supuesto plan, aumentaría mucho mi confianza. Si durante años se hacen predicciones concretas basadas en la teoría y fracasan sistemáticamente, mientras las explicaciones alternativas predicen correctamente lo observado, debería reducirla». En ese momento la teoría vuelve a correr un riesgo. Y una explicación que puede perder es mucho más informativa que una que siempre gana.
Carl Sagan popularizó una idea que sigue siendo útil para la alfabetización científica: no basta con ser escéptico, necesitamos herramientas para distinguir afirmaciones y someterlas a prueba (Sagan, 1995). El auténtico pensamiento crítico no consiste en sustituir «las autoridades siempre tienen razón» por «las autoridades siempre mienten». Ambas fórmulas nos ahorran el trabajo más difícil.
Porque la sospecha también puede convertirse en dogma.
Y quizá la señal más interesante de que estamos pensando críticamente no sea la cantidad de cosas que nos atrevemos a cuestionar, sino la cantidad de cosas que estamos dispuestos a dejar de creer cuando las pruebas dejan de acompañarnos.
Cuestionar al poder es importante.
Pero cuestionar cómo pensamos sobre el poder también.
Y si te has quedado con ganas de más, que no creo, ya abordé este tema en mi libro y en este vídeo, donde analizo el mítico debate del especial de verano de The Wild Project entre defensores mediáticos de teorías de la conspiración y divulgadores científicos:
Bibliografía
Babiak, P., Neumann, C. S., & Hare, R. D. (2010). Corporate psychopathy: Talking the walk. Behavioral Sciences & the Law, 28(2), 174–193. doi:10.1002/bsl.925. [15]
Cialdini, R. B., & Goldstein, N. J. (2004). Social influence: Compliance and conformity. Annual Review of Psychology, 55, 591–621. doi:10.1146/annurev.psych.55.090902.142015. [16]
Cinelli, M., Morales, G. D. F., Galeazzi, A., Quattrociocchi, W., & Starnini, M. (2021). The echo chamber effect on social media. Proceedings of the National Academy of Sciences, 118(9), e2023301118. [17]
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Taber, C. S., & Lodge, M. (2006). Motivated skepticism in the evaluation of political beliefs. American Journal of Political Science, 50(3), 755–769. doi:10.1111/j.1540-5907.2006.00214.x. [32]
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van Prooijen, J. W., Douglas, K. M., & De Inocencio, C. (2018). Connecting the dots: Illusory pattern perception predicts belief in conspiracies and the supernatural. European Journal of Social Psychology, 48(3), 320–335. [34]
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