El final más triste
Duras lecciones de la vida
Como sabéis mi newsletter se llama “Intimidades desde el Infierno” y no creo que el escrito de hoy pueda ser más representativo…
Desde junio del año pasado, hace ya casi un año, he estado bastante mal. El verano un infierno. Y desde enero no tengo palabras. Ahora ya recuperándome. Y hace pocas semanas me separé de Esther, mi ahora exmujer.
Ha sido muy doloroso aceptar la pérdida de una persona tan amada, con tanto vivido y construido, y con tantos proyectos por delante. Eso sí, siempre seremos amigos y padres de nuestra querida hija. Siempre seremos familia aunque reconozco que no de la forma que yo hubiera querido.
A día de hoy ya he perdido el reflejo de tantearme el anillo; de sentirla a mi izquierda al despertarme y verla roncando; de tenerla en mis brazos y fusionarnos; de llegar a casa y poder conversar sobre lo que fuera; de verla en el WhatsApp con los emojis y el fondo de pantalla personalizados de cuando nos conocimos… son muchas cosas pequeñas y no tan pequeñas que conformaban nuestro vínculo…
Todo eso se acabó.
Siento que han sido unos meses muy muy largos. Dicen que el tiempo se ralentiza con el aumento de la masa (en comparación con otro lugar con menos masa). Pues bien, he sentido dentro de mí un agujero negro, lo más masivo que existe. Nunca había llorado tanto y tantas veces en tan poco tiempo. Han sido meses sin apenas comer (-10 Kg) ni dormir. Ha sido una agonía que no se acababa nunca.
Gracias a Dios, he estado bien acompañado por diferentes profesionales de la psicología y que han sido cruciales, así como grandes amistades y familiares.
Muchísimas gracias…
¿Sufrimiento útil?

Todo ha sido una purga de muchas cosas del pasado (mantenidas en el presente) a pesar de que el presente era también doloroso. He atravesado situaciones que creía que no iba a poder jamás ni nombrarlas. Creo que no he escatimado en nada, he ido a muerte… Todo ello motivado por el deseo de no perpetuar patrones contrarios a las relaciones sanas y de mantener, o mejor dicho, renovar profundamente la relación.
Aunque la relación haya acabado, he aprendido muchas cosas, desde las entrañas, desde lo más hondo de mi ser. Diría que he aprendido sobre el amor y mi forma de amar. Lamento profundamente no haber podido aplicar muchos aprendizajes a tiempo para salvar la relación. Es algo que me ha resultado difícil superar porque, por momentos, entré en pensamientos obsesivos del tipo ¿“y si…”?.
He llegado tarde y es lo que hay. A posteriori tampoco tiene mucho sentido martirizarse por algo así. Es como quien lamenta no haber invertido en bitcoins al principio… Así que tampoco quiero enmarcar todo esto desde la culpa (una emoción común en los duelos) pues ni es constructivo ni permite reconocer que habían factores ajenos a mi.
En cualquier caso, quiero reflexionar sobre algunos aspectos que me conciernen especialmente.
No sé si me apetece ser muy concreto compartiendo los aprendizajes realizados. Solamente diré -y ya siento que me expongo demasiado- que una relación de pareja puede requerir mucho trabajo del ego, sobre todo cuando en una relación se acaba la parte de enamoramiento ingenuo. Nos hacemos de espejo y suele haber mucha realidad incómoda y frustrante que gestionar (si se decide gestionar…).
No obstante, también es fácil que las personas se descubran tan tan diferentes que el umbral que permite sostener las diferencias sea demasiado para uno de los dos, o para los dos. En nuestro caso han sido casi 6 años de relación y creo que hoy soy un Aleix muy diferente. A ella le ha pasado lo mismo, pero seguramente en otra dirección. Queremos cosas diferentes, tenemos valores diferentes, estamos en etapas vitales diferentes. Demasiado diferentes… Y eso que para mí es un valor importante saber amar las diferencias pero no parecen haberse dados unos mínimos…
El mayor aprendizaje

Y aquí entra para mí el mayor aprendizaje, fácil de decir, difícil de aplicar desde el sentir profundo: y es que cada uno tiene siempre derecho de elegir otra cosa que no sea el otro. Puede romper el compromiso de mantener la relación. Cualquier razón es legítima, incluso cuando uno lo razonaría diferente. Es decir, se trata de validar el pensar, sentir y hacer del otro, incondicionalmente, y sin pretender influir desde una postura de superioridad o desde la imposición y el control. Confieso que mi costumbre de situarme en posiciones de poder como profesor, terapeuta o consultor —lo cual también fue motivado por una historia personal donde me llegué a sentir insignificante por lo que desarrollé ciertas estructuras defensivas narcisistas— creó unas bases poco horizontales desde el principio.
Y lo más difícil y retador para mí (y que me sorprende sentir que lo logro) pero que siento lo más hermoso: que en su derecho de ser libre -por muy doloroso y contrario a lo que yo quiero e interpreto- espero que le vaya bien y viva aquello que le vibra ahora. Porque la amo, sencillamente. Reconozco que en el duelo he sentido ganas de instalarme en el odio. Pero se me pasa rápido, no puedo mantenerlo. La amo y la amaré siempre, aunque desde un lugar más fraternal y espiritual.
Confío que se abre una nueva etapa con muchas posibilidades. Confío en el amor más que nunca. El sufrimiento jamás me hará renegar del amor. Y más cuando creo que he aprendido (hasta lo más hondo de mis entrañas) a amar más que nunca, a amar de una forma menos egoísta y egocéntrica, lo que no significa que también lo haga considerando mis necesidades.
Que sea lo que la Vida quiera.
Te deseo lo mejor, Esther, de corazón. Ha sido un intenso y feliz viaje y profundo aprendizaje que agradezco a ti y a la vida y que llevaré dentro de mí para siempre.
Que tu alma libre, amorosa y salvaje halle el tipo de vida que resuene más con tu esencia y decisiones.
Te amo y te amaré siempre.


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