Tenía 19 años cuando la conocí. La primera chica que besaría. No recuerdo su nombre. La conocí en una boda y me parecía muy atractiva. Ella era mucho más madura que yo en lo relacional. Vamos, pero mucho más.
Justo después de conocerla, me fui a Murcia a hacer mi formación básica de infantería ligera en la Brigada Paracaidista. Fueron unos meses de muchísimo sacrificio, sudor, frío y estrés por no cagarla y acabar arrestado por cualquier cosa, como olvidarme de dirigirme a un suboficial por su rango o no haberme afeitado esa mañana, a pesar de ser un joven lampiño. Durante ese tiempo, de forma obsesiva, mi mantra de supervivencia fue imaginarme a esta chica cuyo nombre no puedo recordar. Eso sí, me acuerdo de que era del signo Cáncer.1 La memoria tiene estas prioridades.
Después de unos meses volví a verla, aprovechando un permiso de pocos días. Me invitó a su casa porque sus padres no estaban y podríamos estar solos. Recuerdo que tardé muchísimo en llegar. Fue entonces cuando nos besamos por primera vez. Eran mis primeros besos y recuerdo lo apasionados y húmedos que fueron. La alternativa habrían sido mordiscos.
Lo que pasa es que yo era virgen. Virgen extra. Tener intimidad sexual no era una opción. Creo que ni se me ocurrió. Ese era el nivel. Recuerdo una cita de años atrás con otra chica. Sabía que le gustaba mucho, pero en el momento de besarla no lo hice. En ambos casos, ahí se acabó todo.
No sé qué habría pasado si hubiera actuado de otra manera. La cuestión es que jamás mencioné mi falta de experiencia ni mi inseguridad. Lo oculté, lo disimulé, lo enmascaré de alguna forma digna. Todo menos reconocer lo que realmente estaba pasando.
Podría haber dicho que nunca había besado a nadie, que me gustaba y estaba nervioso, que no sabía muy bien cómo acercarme. Pero entonces me parecía más soportable quedarme bloqueado que dejar que ella supiera algo así de mí.
Que no se note

Una de las dificultades más grandes que tenemos los hombres es la de mostrarnos vulnerables. Nuestra necesidad de sentirnos admirados y seguros es nuestro mayor defecto e inseguridad. Paradójico. No obstante, la necesidad de reconocimiento no es necesariamente un defecto. Lo jodido es necesitar parecer seguro y eso hacerlo a costa de dejar de comunicar nuestro sentir.
Nos han enseñado, a través de referentes masculinos populares a lo Mad Men, que un hombre no exterioriza debilidad. Y en ese camino nos hemos hecho doblemente vulnerables. Recuerdo una época en la que le mostraba a mi ex que estaba bien para reconquistarla, a pesar de estar muriendo por dentro.2
En los últimos años me ha costado mucho recuperar y reconstruir mi seguridad, pero esta vez coexiste con mis inseguridades. La vulnerabilidad es compatible con la seguridad. Puedo sentirme decidido y competente en un ámbito, como mi trabajo, pero dudar y sentirme inseguro en situaciones que tocan mis heridas, o en días en los que estoy cansado o simplemente tengo un mal día.
También quiero gustar

Durante este tiempo he tenido historias de amor que me han ayudado a descubrir cómo soy ahora en pareja. Aunque hablar del “nuevo Aleix en pareja” tiene algo de tramposo: parte de lo que aparece depende de la persona con la que estoy, de cómo nos tratamos y de lo que sucede entre nosotros. No lo llevo todo decidido de casa. Así que ya veremos.
Mostrarme más abierto con mis inseguridades no me ha impedido gustar. A veces incluso ha facilitado una cercanía y química que antes me costaba mucho más. Pero tampoco quiero convertir la vulnerabilidad en otra receta de seducción jajajaja. Hay mujeres a las que les resulta atractivo que un hombre pueda hablar de sus miedos, claro que sí, pero otras les hace perder interés. Por supuesto, también importa cómo se comparten, cuándo, cuánto espacio hay para escucharlas. Pero hombres y mujeres hemos aprendido expectativas sobre lo que se supone que debe ofrecer un hombre, y esas expectativas no desaparecen porque sepamos cuestionarlas. De hecho, el otro día leí algo sobre la importancia del poder adquisitivo en las aplicaciones de citas. No sé hasta qué punto lo que leí permite generalizar, pero mi primera reacción fue muy concreta: pensé en cambiar algunas fotos para aparentar más estatus económico.
Después de más de una década de abundancia, estoy construyendo una nueva estructura de ingresos. Ese cambio ha tocado mi autoestima. El dinero me daba tranquilidad, pero también una sensación de poder, de capacidad, de tener algo que ofrecer. Y he descubierto que llevo bastante más interiorizada la figura del hombre proveedor de lo que me gustaría. Suelo invitar cuando tengo una cita, a pesar de que ahora prefiero invertir ese dinero en mi proyecto. Y sí puedo cuestionar ese modelo estereotipado pero, al mismo tiempo, notar el impulso y las ganas de subir una foto que confirme mi valor en lo material. Ahí estoy también. Incluso defendía ante una amiga que quería que mis citas pagaran la mitad por cuestión de igualdad de género, pero esa no era toda la verdad: si mi economía fuera más sólida, seguro que invitaría.
Desde el principio

Entiendo que al seducir uno quiera mostrarse bien. Elegimos las que creemos nuestras mejores fotos, cuidamos cómo nos vestimos, contamos aquello molón que nos hace interesantes. Yo también quiero gustar.
Y aunque yo no soy buen ejemplo, no creo que tengamos que explicar todas nuestras heridas en la primera cita. Hay cosas que necesitan confianza, tiempo y cierta intimidad. Y poder mostrarlas también implica elegir con quién hacerlo.
Pero sí quiero que haya, desde el principio, margen para ser natural. Natural. Natural. Es muy fluido todo cuando uno es según lo que hay y no lo que debería haber o ser. Si aparece una inseguridad, una limitación o una preferencia que no encaja con lo que la otra persona espera, me gustaría poder decirla sin vivirlo como una derrota o una amenaza que dispare mi miedo al rechazo. Si voy a estar con alguien mejor construirlo desde lo sustentable. ¿Y qué más sustentable que la realidad de lo que siento en cada momento? Sin tener que pedir perdón por ser como soy y sin exigir que la otra persona lo encuentre atractiva. Puedo reconocer que algo me cuesta y conservar mi orgullo, mi dignidad, mi poder, mi capacidad de decidir. Y lo dicho, puedo incluso aceptar que a alguien no le guste y me acabe rechazando. O no, puedo tener cosas que no gustan y seguir siendo elegido como amigo, amante o pareja.
A los 19 años me habría venido bien saber todo esto. Quizá aquella historia habría acabado igual, pero al menos habría podido besar a esa chica sin tener que esconder al chico que la estaba besando.
Notas
1. Es curioso el nombre de este signo zodiacal. Hace pocos días, alguien se dio cuenta de que estaba en un lugar con muchas personas de ese signo y dijo, sonriendo: “Hay mucho cáncer aquí”. Hay pocas situaciones en las que se pueda decir eso con una sonrisa. True story. Volver al texto ↑
2. Como detalle significativo, para quienes habéis seguido toda la agonía de mi duelo: el otro día me sorprendí escuchando tranquilamente la canción de mi boda con mi ex. Durante mucho tiempo la había evitado casi por reflejo, por la profunda e insoportable perturbación que me provocaba. Volver al texto ↑

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